PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


La perdiz de la mediana

Primero vi con el rabillo del ojo, muy fugazmente, a una. Sólo podía ser perdiz, por el tamaño y la manera de caminar. Había hecho ademán de cruzar el asfalto y se había retranqueado rápidamente hacia las matas, una sucesión de escoberas repletas de flores amarillas, al paso de mi monstruo con ruedas. Me pareció que junto a ella se movía algo más. Un pollo o tal vez unos cuantos.
 Era en una de las ‘R’ que enlazan Madrid con las diversas autovías nacionales. Se circula muy rápido. Tienen vallas a ambos lados y medianas que separan los carriles de las diferentes direcciones bastante anchas y en ocasiones muy frondosas. Allí se refugia, medra, procrea y, también, muere mucha fauna. Los conejos tienden a colonizar los taludes de ambos lados, pero incluso se asientan en la tira-isleta y pululan por ella. Están protegidos de muchos enemigos, de alimañazas, de cazadores y a salvo de muchas molestias. De todo menos de las ruedas de los coches que hacen estragos. Sobre todo en los novatos. La carretera les cobra por vivir en ella un mortal peaje. Los cadáveres de gazapos, de lebratos, de aves y de pajarillos son frecuentes en los bordes. Por ello, urracas y milanos montan guardia, los unos desde el cielo las otras desde lo alto de las farolas y desde algún lugar elevado. Pero hasta las picarazas pagan en ocasiones con su vida la comida fácil. En cualquier caso, parece que las poblaciones aumentan y las pérdidas se compensan de sobra con los nacimientos.
Alguna perdiz había visto en ocasiones también entre las víctimas, aunque entre los de plumíferos son las palomas y los mirlos los más comunes en sucumbir, pero el vislumbrar al paso a esa madre con sus polluelos me produjo una punzada de angustia por ella. Miré por el retrovisor. A ver si con suerte no venían tras del mío muchos automóviles y podía cruzar sin riesgo. Al menos, me quise esperanzar, se notaba que lo hacía precavidamente.
Pero de ahí en adelante fui observando con mayor atención y tristeza que en otras ocasiones el reguero de cadáveres de los infortunados. Varios conejos, y me pareció que también que un par de liberes jóvenes. Tal vez habían pasado la valla y luego las luces las habían deslumbrado al no saber muy bien como volver a recruzarla. Pero no dejaba de pensar en la perdiz y su pollada.
Fue cuando, a ésta sí que la vi con total claridad y hasta aminoré velocidad para observarla mejor, contemplé la nueva escena. La patirroja acababa de cruzar y estaba a salvo ya al otro lado. Lo había conseguido hacia unos momentos tan solo, y se encontraba ya al inicio de la cuesta, por mi derecha, metiéndose entre las brozas para remontarla y alcanzar el campo abierto. No iba sola. Estaba rodeada del tropel, encogido y medroso, de su pollada. Y era enternecedor el cuidado con que los esperaba y estaba atenta para que ninguno de los perdicillos se separara de su lado. Eran minúsculos, tan mínimos que les llaman cañamones las gentes de mi tierra. Recién nacidos, a poco de salir del nido y a apenas nada de haber roto el cascarón.
Rodeando a la madre se congregaban alrededor de una docena, que había entendido que tras sacar la puesta, lo primordial era sacarlos de allí y llevarlos fuera de lo que había sido el mejor de los refugios para criarlos a salvo de zorros, garduñas, gatos, perros y jabalíes, pero que ahora ya era la mas mortífera de las trampas. Amén de que necesitarían pronto agua, que allí no había y su primer y tembloroso aún les quedaba muy lejos en el tiempo.
Se me esponjó el corazón, lo confieso, al ver que la perdiz y las pequeñas bolitas de plumón ya habían dejado el asfalto y estaban a salvo de las ruedas de los automóviles. Aunque sepa que para ellos y desde ahí el mundo estará repleto a cada paso de peligros. Y por ahora, hasta que sepan volar, solo tendrán la sabiduría de su madre y su capacidad de inmovilidad y camuflaje para sobrevivir. Pero al menos esta primera gran prueba la habían superado.
No sé cuantos de esos perdigoncillos lograrán llegar a convertirse en raudas y fuertes perdices salvajes. Seguro que varios perecerán en el camino. Pero no dejé de sentir, ese 9 de junio, a eso de las 11 de la mañana, el sol ya bien alto y calentando la tierra, la caricia de la vida representada en esa perdiz y sus perdigones.
Cuando salí de la ‘R’ y subí hacia el norte por carreteras más estrechas y paisajes más quebrados seguía sonriendo. Los espinos albares y los rosales silvestres ya estaban en flor y las jaras estaban empezando a echarla.