LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


La respuesta social a la eutanasia

Por fin la sociedad española, en uno de los debates falsos que algunos quieren montar en beneficio de sus partidos, da una lección de pensar y ponderar cuando de un problema difícil se trata. Ante el reciente episodio de eutanasia en España, ejecutado por un marido que documenta la imposibilidad de mejora de su pareja y la voluntad persistente y demostrada de no vivir de la enferma, puede encontrarse, y ya era hora, una reacción mayoritaria meditada en torno al problema. Así, encuestas históricas en mano, todos coincidimos en la necesidad de evitar el encarnizamiento terapéutico en el que se obliga al enfermo irrecuperable a mantenerse con vida, condenado al sufrimiento y al dolor. Esa y no otra ha sido habitualmente la práctica médica con el beneplácito de las familias de los afectados. Y también coincidimos mayoritariamente en que una regulación del fin de vida no establezca supuestos de hecho o categorías sujetas a una precipitación del fin, de tal manera que se pudiera agilizar contra natura la llegada de la muerte. En efecto, los episodios de eutanasia tienen en común la individualización de cada caso y la apabullante concurrencia de enfermedades terribles y dolorosas unidas a la constatación médica de un final irreversible. Poco debate habría de haber, por tanto, en una ley de mínimos que dejase a varias instancias judiciales, nunca a una sola, el conocimiento reservado de expedientes en los que concurrieran estas circunstancias para agilizar el final seguro de la vida, mediando la voluntad explícita e indubitada del paciente. Lo demás es inhumano. El derecho a la vida de hoy no es el del siglo XIX, pues siendo tan primero e irrenunciable, su concepto no es el mismo, y la mínima calidad que exige la dignidad humana se hace presente en estos supuestos excepcionales y dolorosos para constatar que nunca ese derecho puede transformarse en condena al sufrimiento. Vamos a ver si es posible resolver desde la humanidad y la esencia natural de la persona este asunto y no hacer como en Italia, una década atrás, cuando el incalificable Berlusconi utilizó a una niña para supuestamente defender el derecho a la vida, en busca de atraerse a sectores ultracatólicos; o en el otro lado, cuando ahora Pedro Sánchez intenta exprimir el caso de María José, algo así como para acusar de inhumanidad al resto de partidos que podrían entender esta situación, pero que no le querrían dar nunca carta blanca a un personaje como él para impulsar un proyecto de ley que diga lo que nos sucederá a todos en caso de vida o muerte. Hay que terminar, en todos los partidos, con aquellos políticos que cuando descubren un filón de sufrimiento, este u otro, sugieren que de alguna manera sus rivales tienen algo que ver en el origen del mismo. No es solo una mala práctica o una trampa electoral: antes que nada, revela su catadura moral.  


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