Tiempos de swing

Sonsoles Arnao


Sí nos metamos con eso

19/10/2020

Teresa Claramunt, líder confederal del textil en la Barcelona de finales del Siglo XIX, arengaba a las masas obreras contra la desigualdad entre hombres y mujeres en el mundo laboral. En una sociedad patriarcal, las diferencias fisiológicas entre los sexos se han utilizado para apuntalar las desigualdades y catalogar el sexo fuerte y el sexo débil. Pero la Claramunt, allá por el 1884, dejaba claro que el orden político y moral no se mide por la fuerza física. Que ningún ser es inferior a otro solo porque sea diferente. Que nuestras facultades son tan nobles como las vuestras y nuestros órganos igual de útiles. «Porque la fuerza física de la mujer no sea exactamente igual a la del hombre, no se deduce lógicamente que no pueda gozar iguales derechos» (Claramunt, 1884). Esto que aparentemente nos puede parecer trasnochado, decimonónico y superado, no lo es cuando en pleno siglo XXI, años tras año, Europa saca los colores a sus estados miembros ante la brecha salarial entre hombres y mujeres. Las mujeres europeas cobramos un 15% menos de media que los hombres, en salario base, si añadimos otros conceptos retributivos llegamos al 22% menos. Por tanto, para equiparnos en igualdad salarial al año, tenemos que trabajar 53 días más que ellos. A igual trabajo, igual salario. Qué perogrullada, ¿no? Claro, en la mayoría de los casos no es así como se nos discrimina. Lo que hace el sistema para mantener la desigualdad es devaluar el trabajo feminizado. Es hora de cuestionarnos y legislar si es necesario ante la actual división sexual del trabajo que aún existe en algunos sectores. Por ejemplo, ¿qué pasa con la valorización de los trabajos de cuidados? ¿Por qué en los trabajos que ocupan mayoritariamente los hombres se percibe más sueldo que en aquellos ocupados mayoritariamente por mujeres?
Han pasado más de un siglo, varios tratados europeos, una Constitución progresista en España, leyes y planes de igualdad; y no hemos acabado con la discriminación salarial hacia las mujeres. Es algo que nadie sostiene en papel o en el discurso, pero que año tras año, y en las mismas condiciones durante las últimas décadas, permanece inamovible. Y es algo que además, siempre ha sido relegado en la agenda política y laboral. «No nos metamos con eso», sentenció MpuntoRajoy siendo presidente cuando le preguntaron por el tema. Para el expresidente fijar la igualdad salarial excedía de sus competencias. Debe pensar, como han pensado muchos a lo largo de la historia, que la igualdad real se produce sola, que no hay que empujarla con cambios legislativos. Pero sabemos que no es, ni ha sido así. Que las leyes no bastan para alcanzar la igualdad pero que sin ellas no se ha avanzado. Y hoy, nuestro país, ha dado zancadas de la mano de la Ministra de Trabajo Yolanda Díaz. Un compromiso que se materializa en la aprobación, el pasado Consejo de Ministros del Decreto de Plan de Igualdad para que las empresas y los convenios colectivos, garanticen la aplicación efectiva del principio de igualdad de trato y no discriminación en materia retributiva entre mujeres y hombres. Apuesto a que como hace un siglo, no será un camino fácil, de momento se ha descolgado del acuerdo la patronal. Deben ser de los de «no nos metamos con eso ahora». Vamos a pasar de las recomendaciones, directivas, campañas y días internacionales a las leyes. Alguien tenía que poner la primera piedra en el BOE y esa ha sido la Ministra de Trabajo. Obras son amores. Más hacer y menos decir. Gracias Yolanda por meterte con eso ahora.