COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Vía de servicio

02/06/2020

Una de las interpretaciones más plausibles del triunfo de la moción de censura presentada contra Mariano Rajoy, tras la publicación de la sentencia del caso Gürtel, es que no fue un voto a favor de Pedro Sánchez sino contra el presidente del PP abrasado por los casos de corrupción protagonizado por su partido, por su dontancredismo en el caso de Cataluña y la realización de dos referéndums ilegales, porque resolvió la crisis económica a base de devaluación salarial y precarización del empleo y porque en definitiva había pasado de gobernar con mayoría absoluta de 186 escaños a 123, con un apoyo electoral que aumentó gracias a los apoyos de Ciudadanos,  otros partidos menores y del PNV, que le segó la hierba bajo los pies inmediatamente después de confirmarle su apoyo a los PGE.

La segunda variable de aquella moción de censura la explicó el propio candidato a La Moncloa cuando durante el debate le dijo a Rajoy: “Dimita y se acabó todo”. Pero Rajoy no lo hizo y no dio paso a otro dirigente que hubiera tratado de defender el poder. Sobre cómo se fraguó la moción de censura, y lo que pasó por la cabeza de los principales actores desde que se conoció la sentencia mencionada hasta que Pedro Sánchez salió investido, se han escritor todo tipo de teorías, conspiraciones, conversaciones o acuerdos, que llevaron al redivivo secretario general del PSOE a La Moncloa cuando ni él mismo lo esperaba. Luego despertó ciertas esperanzas cuando se conocieron los integrantes de su “gobierno bonito”, cuyo núcleo duro aún conserva.

Si Mariano Rajoy fue desalojado de la presidencia del Gobierno fue, entre otras causas por la proverbial incapacidad de los dirigentes del PP para hacer amigos, para forjar alianzas que les permitieran gobernar cuando no alcanzaban la mayoría absoluta, como tantas veces ha ocurrido en los tiempos en los que imperaba el bipartidismo. Con la aparición de partidos que le han disputado su espacio electoral esa circunstancia ha mejorado por un lado, porque ahora tiene a Vox y a Cs como muletas. Pero ha empeorado por otra por cuanto los votantes de ambas formaciones, sobre todo del primero, proceden de sus filas y la división deja restos electorales inútiles.  

Una vez que se vio en La Moncloa, Pedro Sánchez olvidó su promesa de convocar elecciones generales cuanto antes, se atrincheró con la esperanza de que le aprobaran los PGE y el fracaso de esa operación llevó a la convocatoria de dos elecciones generales en el plazo de un año. Si la actitud de Ciudadanos tras la primera no hubiera sido la de negar cualquier posibilidad de acuerdo con el PSOE ahora no se estaría hablando de que el Gobierno de la nación depende de “comunistas, independentistas y batasunos” como afirma Pablo Casado -por otra parte partidos perfectamente legales-. Pero ya no vale llorar sobre la leche derramada.

Su principal detractor, surgido de aquella moción de censura, Pablo Casado, que tampoco se caracteriza por realizar una labor de oposición brillante y cuya actitud a lo largo de la crisis sanitaria y económica que se vive y que se avecina en toda su extensión afirma que Sánchez miente a todos y todo el tiempo. Algo que desde Lincoln se sabe imposible. Lo consiga o no, el jefe del Ejecutivo parece estar dispuesto a acabar la legislatura.            



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