DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Ni lástima, ni pena

12/03/2021

Lo ha contado el Cholo. En diciembre de 2014, el Atlético viajaba a Barcelona para jugar contra el Hospitalet. Era el partido de ida de los dieciseisavos de final de la Copa del Rey y Simeone no quería sorpresas ante un rival inferior. En el avión, a los 16 convocados les entregó un folio con un artículo publicado en el diario As. Lo firmaba Carlos Matallanas, un atlético confeso que acababa de dejar el fútbol y el periodismo tras serle diagnosticada la enfermedad de ELA: esclerosis lateral amiotrófica.
En ese artículo, Matallanas no era ajeno al movidón que rodeaba al club. Un hincha del Deportivo de La Coruña, Francisco Javier Romero, Jimmy, había muerto en una pelea tumultuaria en la ribera del Manzanares. La policía tenía localizados a los autores del homicidio y Gil Marín había anunciado la intención de apartar al Frente Atlético del club. Por eso, quería hablar de su enfermedad «con las botas puestas, porque hay demasiados que aún acuden a campos de fútbol sin haber entendido lo más mínimo sobre qué es esto del deporte».
Como le he escuchado varias versiones al Cholo, no sé si el artículo lo leyó en alto Gabi -el entonces capitán- o si cada miembro de la plantilla lo procesó desde su asiento del avión. Es un texto amplio que puede resumirse en apenas unas palabras: «No perdí ni un segundo de mi tiempo en lamentarme, ni tampoco en hacer comparaciones. Los demás me preguntaban, ¿cómo es posible que reacciones así? ¿Por qué no te quejas? La respuesta es la misma para todas las preguntas: el fútbol. Me enseñó a esforzarme. Fue el fútbol el que me mostró que todo puede suceder en un segundo inesperado. Tanto lo mejor, como lo peor. Los partidos se juegan hasta el final. Mientras hay vida, hay esperanza».
Carlos Matallanas ha muerto esta semana en Sevilla. En el Hospital Virgen del Rocío, había sido sometido a una operación de tráquea y fallecía a consecuencia de un trombo. Junto al banquero Paco Luzón y a Jordi Sabaté, Matallanas ha sido una de las caras más visibles en la lucha contra la ELA. El ex futbolista, a través de sus artículos en El Confidencial o en el diario As, ha conseguido que sepamos más sobre esta enfermedad que va carcomiendo poco a poco a los pacientes. Nunca quiso dar pena ni tampoco generar sentimiento de lástima hacia él. Se sobrepuso, peleó hasta el final y pudo tener un altavoz para ser escuchado.
El día que murió Matallanas me acordé de Nuko Romero Chicharro. También el día que falleció Paco Luzón. Los dos sabían su destino y consiguieron que los 3.000 afectados de ELA tuvieran voz para mejorar su atención. La familia de Nuko sufre una terrible enfermedad degenerativa que es hereditaria. Se llama SCA7 y, como el ELA, tampoco tiene cura. Vas perdiendo la vista de forma progresiva, dejas de caminar y te impide realizar actividades cotidianas como cocinar, abrocharte un botón o ducharte solo. El proceso es demasiado rápido: te quedas ciego, llega la silla de ruedas, la cama y un final que está escrito en el momento del diagnóstico. A todo esto, hay que añadir un punto más de crueldad: la cabeza del paciente está despierta y se entera de todo lo que ocurre a su alrededor.
Nuko ha visto morir a una hermana a los 28 años. La SCA7 está destrozando a su madre y a sus otros dos hermanos. Como Matallanas, Nuko también fue futbolista y no quiere dar pena; tampoco realizar comparaciones simples. Su único objetivo es que alguien con capacidad para tomar decisiones les escuche y que se investigue sobre esta enfermedad tan desconocida como ignorada.