OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Chulo de mierda

12/05/2020

Los chulos me dan grima. Sin embargo, los presumidos con gracia y razones visibles a los demás para serlo, suelen gozar de mi simpatía. Pero es que a los fantasmones no los aguanto. De hecho, me cuesta mucho no mirar con desdén a un engreído, soberbio o perdonavidas que, sin hechos rotundos que claramente prueben su nivelazo, se cree superior. Quien va por la vida de listo, no hablando a los demás sino escuchándose a sí mismo, no mirando a los ojos sino buscando con los suyos el más allá… me produce, cuando menos, repelús. Todos hemos tenido cerca alguna vez a un aspirante a gallito de corral. Recuerdo a uno que conocí a mis 17 años. Como muchos de su especie, al principio me impresionó. ¡Aquella adolescencia! Al poco tiempo me provocó un rechazo que aun hoy mantengo. Mediocre como el que más, él se veía como el no va más, teniendo que decir siempre la primera y última palabras. Los demás, que mientras escuchábamos sin rechistar pues no dejaba hablar, nos preguntábamos si sería consciente de la mediocridad tan absoluta y de las enormes carencias que mostraba en todo aquello de lo que presumía. Luego he conocido a otros muchos. En todos, sin excepción, sus acciones y palabrería les traicionó poniendo de manifiesto niveles básicos de solvencia, limitación de acción y sobre todo satisfacción por haberse conocido a sí mismos. De la admiración que en primera instancia suelen despertar, y que pasado un tiempo les siguen demostrando exclusivamente sus madres y aquellos bobos cuya perspicacia no da para más, pasan, en el mejor de los casos, al ostracismo y a dar pena. ¿Lo peor? Que siempre están jodiendo a los demás. Sin nadie a su alrededor, no son nadie. Cuanto más analizo a estos seres patéticos, más sabia me parece la ciudadanía que un día empezó a aludir a este perfil con apelativos como chuloputas, chulo de playa o chulo de mierda.