A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Filigranas en la capilla de la Asunción, de Villaescusa

21/07/2020

Queda Villaescusa de Haro al lado del camino, pegada a él, pero como ausente del tráfago humano que va por el asfalto de un sitio a otro, como si no fuera con el ánimo de la villa el trasiego incontenible, el devenir constante del paso del tiempo que parece introducir una distorsión en lo que permanece constante, como el recuerdo de la serie de obispos que aquí nacieron y desde aquí fueron a parar a diversas diócesis españolas, entre ellas la propia, la de Cuenca, donde varios (Diego Ramírez de Villaescusa en cabeza) dejaron una impronta tan duradera que sobrevive más allá de las circunstancias concretas. De aquella época mantiene su elegante presencia la iglesia parroquial dedicada a San Pedro Apóstol, en cuyo interior, como formando un aparte, se cobija uno de los más extraordinarios recintos artísticos que jalonan el mapa de la provincia.

La iglesia, si se quiere decir así, es el florón, el remate, la culminación de una visita al espacio urbano, que antes de llegar ya ofrece la imagen impagable del castillo de Haro, cuya imagen, solitaria y romántica, se perfila sobre el alto del pequeño cerro en que tiene asiento. Luego, unos kilómetros más adelante, está el pueblo, la villa, con su carga histórica vinculada a la Orden de Santiago y con su belleza inmarchitable. Pocos lugares hay tan significativos como esta Villaescusa de Haro, donde la modernidad no ha producido muchos estragos o, al menos, algunos de ellos felizmente recuperados, como el antiguo convento de dominicos o el colegio que quiso ser universitario.

Son calles limpias, bien trazadas, generalmente anchas, en cuyas aceras se levantan casas con predominio de una blancura exquisita, en las que no faltan blasones y rejas, Alguna hay casi que adivinarla, como la antigua Panadería; otra, como la que fue casa natal de Astrana Marín permanece bien conservada, haciendo que el recuerdo del gran literato y maltratada persona (el destino fue muy duro con el) permanezca moderadamente vigente, a pesar de que su prestigio de antaño ya se ha diluido. El Ayuntamiento ocupa hoy un nobilísimo edificio, detalle que se agradece, cuando tantos otros han renunciado al abolengo señorial para alojarse en insulsos inmuebles. Frente a él está la iglesia, que en una de sus esquinas conserva el tradicional rollo de justicia.

La iglesia, de tres naves, empezó a construirse a mediados del siglo XVI, sobre los restos de otra anterior, que lógicamente sería de un estilo más primitivo pero en la que -y es cosa digna de ser destacada- se respetó la capilla dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, levantada a comienzos de ese mismo siglo, de manera que mientras en el conjunto del templo se aprecian las circunstancias rigurosas del Renacimiento, se mantiene en esta capilla la tendencia marcada por el gótico-isabelino, propio de la inspiración de la reina católica y que forma en sí misma una auténtica individualidad artística, un espacio de singular belleza, fundado en 1507 por el ya citado obispo Diego Ramírez para que sirviera de enterramiento familiar y para ello no solo se preocupó de dirigir la obra por sí mismo, sino que además la dotó con una capellanía formada por seis religiosos, cuatro diáconos y dos acólitos. Se llega a ella por la nave del Evangelio, a través de una triple arcada adornada con multitud de labores y estatuillas; hay una finísima labra de piedra en arcos, capiteles, celosía, ventanales, produciendo en general una impresión fastuosa, la que genera una obra de tales características artísticas en la que destaca, sobre todo, el impresionante retablo dedicado a una escenificación de la vida de la virgen María, para concluir en su Asunción a los cielos, episodios que se pueden seguir, con un carácter verdaderamente didáctico, a lo largo de los paneles que forman la obra, que siendo gótica, apunta ya las maneras y las tendencias que en esos momentos estaba incorporando el Renacimiento.