BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


A votar

Sí, lo digo en serio: a votar. Ya sé que hay infinidad de argumentos para no hacerlo. Me he pasado días tratando de refutarlos. Está claro que cuando alguien entra en política y más aún si ocupa un alto cargo, lo esencial es dejar a un lado la vanidad, el egocentrismo, e ir a ejercer sin circunloquios la misión que la Historia le ha encomendado por el bien de su país y de su propio partido. Lo contrario es bisoñez y, por desgracia, o más bien por los azares de los partidos, hay mucho bisoño en la política española actual, gente que está muy sobrada de turiferarios y muy falta de bufones -que eran, como ya saben ustedes, los únicos que tenían el derecho de decir a los propios reyes las verdades del barquero-.
 Parecía que España, con su tan alabada transición -otra mentira más de las muchas entre las que nos hemos movido en los últimos años–, había hecho de necesidad virtud, como demócratas de toda la vida. Pero no. La realidad es que muchos vicios permanecieron ocultos y millones de ciudadanos de la noche a la mañana se autodenominaron demócratas porque algo había que ser. Pero está claro que los añorantes del viejo régimen estaban allí, agazapados, contentos con las oportunidades que les dio Aznar, pero prestos a sacar las uñas, como así ha sido en cuanto han tenido la menor oportunidad. Lo mismo que está claro que a los partidos fueron a parar ciudadanos, demócratas, claro, de toda la vida, que lo mismo servían para un roto que para un descosido; demócratas que se autodenominaban así, como podían haberlo hecho de otro modo bien distinto. Los típicos oportunistas que, sin la menor formación, se declaraban más papistas que el papa.
 Nada extraño que, en cuanto se iniciaron los descarriles, empezaron los problemas serios y se agotó el esquema bipartidista, nuestra sabia democracia empezó a chirriar por todos lados. Los dos años de continuos comicios que llevamos vividos con una izquierda empeñada en no entenderse, han generado miles y miles de desafectos que anuncian a bombo y platillo que van a quedarse en casa, o incluso que, movidos por la nostalgia, van a apoyar a VOX. Lo último ya es grave, pero aún lo es más no acercarse a las urnas pudiendo hacerlo.
 Basta reflexionar un poco para ver que la democracia dista mucho de ser un sistema perfecto; pero lo que es indudable es que es el mejor de los posibles, el mejor que la raza humana ha podido idear después de siglos y siglos machacándose por un quítame allá esas pajas. El diálogo de samugos que ha generado una clase política descompensada no puede servirnos de pretexto para autoflagelarnos del modo en que pretendemos hacerlo. No nos queda más remedio que darles una nueva oportunidad a los samugos y al sistema que tantas vidas de antepasados nuestros costó. No sé lo que ocurrirá el domingo por la noche, pero algo me dice que lo peor que pudiera ocurrir es que se nos dijera que no han ido más allá del 60% a votar. Hay que ir, amigos, hay que hacer de tripas corazón y si de nuevo se repite el esperpento que venimos viviendo, exigir cabezas de líderes de pacotilla incapaces de llegar a acuerdos.
 España, hoy por hoy, se encuentra con una serie de gravísimos problemas cuya solución exige políticos de altura, gente convincente, tipos dialogantes. No vale aquello de «yo paso de política»,  pues eso no se lo pueden permitir ni siquiera los multimillonarios, cuanto menos nosotros, pobres diablos, por más que únicamente se acuerden de nosotros  en día como el de hoy o en el de la declaración de Hacienda, pero, por favor, vamos a darles la última oportunidad aunque luego «si te he visto no me acuerdo». Es nuestra obligación como ciudadanos.



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