OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Qué tío

16/06/2020

Poco a poco voy viendo la luz. Por fin salgo de la penumbra y me adentro en la claridad. He vivido durante décadas a la sombra de una religión que de niño me llegó impuesta pero ahora, afortunadamente, una nueva devoción, mucho más cómoda y encandiladora, se cierne sobre mí brotando de mis adentros, sintiendo que por fin me ilumina una luz cegadora. Afortunadamente, ya no he de ir cada domingo a encontrarme con un simple ministro de mi antiguo dios, escuchando sus rutinarios soliloquios y encima sentado yo en un duro banco de madera. Ahora, es el propio líder glorioso de mi nueva pasión el que, directamente y sin mediadores, me llega cada fin de semana a casa, a través de la televisión, mientras yo, tumbado en mi sofá, me pongo morado de jamón, queso y cervezas. Conforme penetro en esta nueva adoración, más convencido me veo. Además: hechos son amores. Y es que si en aquel antiguo culto su líder había conseguido hacer resucitar a uno, que encima era discípulo y amigo suyo, en la nueva son dos mil los que de un día para otro recuperaron la vida sin que a unos y otro les uniese lazo alguno de amistad. ¿Cabe mayor generosidad? A ver quién lo iguala. Este sí que fue un verdadero renacimiento democrático y no dictatorial, como aquel de hace dos mil años. Las letanías de mi vieja religión eran tediosas. Las misas de antaño me aburrían al saberme de memoria muchas de las oraciones que el sacerdote rezaba desde el altar. Ahora es otra cosa. Me pone que mi flamante líder hoy diga una cosa, mañana la contraria y pasado mañana haga algo diferente a lo pregonado antes. Qué vidilla da eso. En mi vieja religión San Pedro negaba hasta tres veces a su jefe. En la nueva, es el propio líder, homónimo y todavía no santo, el que baja directamente a la arena y se niega una y mil veces a sí mismo sin necesitar subalternos que le hagan el trabajo sucio. Cómo me pone. Qué tío.