NUEVO SURCO

Javier López


La mascarilla: anatomía íntima

17/06/2020

Transitando ya por los alrededores de la ‘nueva normalidad’, muy pocos piensan  que el verano que se avecina al mismo ritmo que esa normalidad extraña y profiláctica vaya a ser para recordar por esas cosas a las que siempre asociamos la época estival. Lo recordaremos, eso sí, como un verano histórico porque será el estío de la mascarilla, las limitaciones y el hacer virtud de la necesidad y el infortunio colectivo. Todo parece indicar que la mascarilla va a ser obligatoria durante bastante tiempo y en los próximos meses estivales podría dejar señal en nuestra cara, delimitando la señal del sol,  y para siempre en nuestra memoria colectiva.
Tan importante es el uso de la mascarilla que ahora las voces científicas más autorizadas coinciden en señalar que es la pieza clave para evitar el temido rebrote. Hay que usarla masivamente, todo el tiempo, siempre que se esté en una situación de relación social. Tendremos que usarla mientras se consigue una vacuna. Es curioso: las palabras ‘mascarilla’ y ‘vacuna’ se han convertido en  los dos grandes amuletos vivificadores para una ciudadanía asustada, cansada, sumida en la incertidumbre. ¡Quién nos lo iba a decir hace unos meses!
Hoy soñamos con la vacuna como antes soñábamos con que llegarán los días del estío en los que pillar carretera y manta en busca de sol y playa, o de montaña y verde, o ese viaje al exterior programado durante todo el año. Ahora lo segundo, -el veraneo ideal-,  nos da un poco igual, y este verano nos vamos a acoplar en  historias alternativas y cercanas: unos días de asueto en el pueblo,  chapuzón en las piscinas domésticas, un buen paseo por los archiconocidos caminos de siempre, o un quedarse en la ciudad a buscar rincones inéditos. Y sí, se viajará,  algo circulará el coche. Por España, siempre por España. Turismo interior. Todo adquiere tras el varapalo una tonalidad de recogimiento patriótico imprescindible, aunque nuestros políticos se empeñen en despellejarse semanalmente en la Carrera de San Jerónimo, haciendo una suerte de partición del dolor en dos mitades, discutiendo si son galgos o podencos, cuando ellos en el fondo saben, quizá mejor que la ciudadanía, que son galgos y son podencos, que de todo nos ha pasado y quien esté libre de culpa que tire la primera piedra.
El pueblo está en otra cosa. Está en la colosal incertidumbre económica y en el deseo imperioso de que alguien salga cuanto antes con el gran hallazgo que nos libere de la precariedad vital embutida  en una mascarilla. La mascarilla como gran símbolo de una libertad vigilada y excesivamente temerosa que nos impide vivir a pulmón lleno, viviendo a medio gas, obligándonos a sacarle todo el partido a la mirada. La mirada nunca miente, y ya es sabido que la verdad mira y calla, de manera que la mascarilla propiciará ejercicios gimnásticos para la construcción de un posible sedimento poético de alivio en una problemática circunstancia sanitaria que ha venido a lastrar indefinidamente toda nuestra espontaneidad.
Como antaño, cuando algunos sacerdotes que entendían el Evangelio muy a su  manera ponían tantos diques al campo que terminaban por dejarle sin flores. Nunca es bueno, por más que la disciplina social se imponga en la lucha contra la pandemia. La mascarilla es un mal menor y necesario, imprescindible dadas las circunstancias, pero no será bueno tanto velo quirúrgico para nuestra mente y para nuestro cuerpo;  la vacuna será recibida como maná redentor por una ciudadanía que estará ya muy harta de la pandemia cuando la buena nueva llegue. Será recibida con locura y alborozo, con una especie de lujuria no exenta de un deseo loco por liberar una libertad esencial  constreñida y oculta tras la incómoda profilaxis que acompaña a toda pandemia.
Los más optimistas  sitúan el feliz hallazgo al final de este año como muy pronto. Mejor sería que el maldito virus se extinguiera, desapareciera de nuestra vida, pero esto es algo que no parece muy probable. Nunca se sabe. La edad de la mascarilla que nos ha venido sobrevenida  tras el duro confinamiento es ya la seña de identidad del verano de un año con el que comienza una década en la que pueden ir cambiando muchas cosas en el ámbito de la política, la economía, el ocio y las relaciones sociales. Covid-19 dejará un rastro importante, más allá de su propia supervivencia como organismo asesino que afortunadamente no va a ser eterna, más allá también del uso masivo de esas mascarillas que ya forman parte de nuestra vida y nuestra historia.