LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Toros de mayo

28/05/2020

Mayo termina con rastro de flores muertas y primavera negra. La pandemia ha suspendido la vida de cuerdas flojas y agónicas, de las que penden la verdad de las cosas. Se nos marchan los meses y los días por entre las patas de las reses que van al matadero. Este es el destino también de la ganadería brava española, especie en peligro de extinción, que no gozará nunca de protección oficial salvo honrosas excepciones. Como tantas veces he escrito durante estas semanas, son tiempos de verdad. Las crisis y situaciones límite, definitivas, provocan que emerja la cara oculta de las cosas, la realidad de la vida, la esencia de la naturaleza, el color del aire mismo. Concluye mayo sin toros en Madrid ni Sevilla, tardes yermas de hastío en las que la muerte sobrevuela otros tendidos.
La tauromaquia se encuentra ante la prueba de su pureza. Los antitaurinos no han podido con ella. Ahora sabremos lo que de verdad anida dentro y si hay coraje para llevar al toro a la cumbre de los planetas, que es de donde nunca debió salir y el sitio que le corresponde. Tenemos un gobierno que quiere abolir la Fiesta. Ahora es el momento de enganchar los toros con la libertad, la bandera más hermosa, más blanca y más pura que pueda portar un hombre. Aquí estamos los taurinos, de frente y por derecho.
La tauromaquia, dice mi amigo Galiacho, es el último vestigio de la cultura mediterránea del Minotauro y lleva razón. Creta y Minos son la cuna de nuestra civilización y solo España supo conservar la esencia del toro, dentro incluso de su piel. Los verracos de Guisando ya sugieren la figura totémica que suponían. El hombre frente al toro es la idea cumbre de pensamiento, la única que mece mito y lógos al mismo tiempo. Es el hombre frente a su destino, la muerte bruta abrochada entre pitones que teje su negro hilo fino entre los muslos de un torero. No hay un espectáculo más grande, de verdad. El toreo guarda y recoge de todas las artes, las aúna, junta y descompone para dejar a un hombre solo frente a su destino. La muerte ha gozado de mala prensa en la opulencia. Quizá por eso se hayan querido cargar los toros. Y, sin embargo, en marzo, por sorpresa y a traición, nos la hemos encontrado como un bofetón a destiempo en forma de pandemia. El hombre contemporáneo no sabe que cada día ganado a la muerte es una fiesta temprana.
El toro de lidia es el último reducto de la ganadería brava y la garantía ecológica de la preservación de ecosistemas. Si muere el toro, se acaba la dehesa. Los ecologistas de chufla y sofá que no pisaron más verde que las alfombras del salón no tienen idea de esto. Cinco mil cabezas de ganado bravo irán al matadero este año si nadie lo remedia. Aquí, en Castilla-La Mancha, Page ha propuesto festejos sin público y por televisión. Hay que alabar la sensibilidad del presidente y agradecerle su consideración y valentía. Es de izquierdas, socialista y amante de los toros. Otros muchos lo son, pero se callan como aquellas a las que el Pana brindaba. La otra noche de insomnio vi una de sus faenas en México a un toro llamado Rey Mago y me caí de la cama. Ni la ópera, espectáculo total, alcanza la intensidad de la tauromaquia, que bebe de la muerte y a la muerte llega. El tenor o soprano han de dar al do de pecho o re sostenido, mientras que el torero saca del estómago su vibrato en un pentagrama uncido a la hondura de su muleta. La tauromaquia bebe del teatro, como el teatro bebe de la tragedia. No sé a qué coño esperan los toreros para descalzar sus pies sobre el albero.



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