NUEVO SURCO

Javier López


Iglesias: el acoplamiento

No cabe duda: Pablo Iglesias está pletórico. Es uno de los grandes triunfadores de la investidura de Pedro Sánchez. Ha conseguido convertir una derrota en victoria, hacer de la necesidad virtud y salvar su trasero colocándolo en buena poltrona. Se mueve como pez en el agua en la polarización creciente de la vida política, es su hábitat natural. Aunque su proyecto político ha sido un fracaso total, ha conseguido sobrevivir, otro superviviente ilustre de una agenda política formada por jóvenes resistentes a la integración en la vida civil, laboriosa y precarizada, poco apetecible y menos confortable. Iglesias no será ya nunca el gran dirigente que soñaba con asaltar los cielos y dirigir a un país embobado con su política de laboratorio, pero se garantiza posición, buenos contactos e integración, en la retirada, en el Consejo de Estado con unos ingresos fijos cerca de setenta mil euros anuales, más conferencias, mediaciones internacionales y demás actos  propios del ringo-rango postpoltrona gubernativa.
El trayecto de Pablo Iglesias ha sido asombroso. En menos de diez años ha pasado de ser un joven que llegó a la acampada de puerta de Sol, en aquel mayo de 2011, con su libreta de anotaciones políticas a ver que sacaba de todo aquello a base de ponerle a la indignación un escenario propicio en cartón piedra de revolución de mentirijilla, paso previo a pisar una moqueta que finalmente no ha parado en los cielos pero sí en los despachos ministeriales, donde él llega de la mano de Irene Montero, su pareja, otra ilustre joven sin mucho más oficio conocido que el de ser política, sin más, ahora con cartera ministerial. La hemeroteca es dura estos días con un Iglesias que reprochaba a José María Aznar usar sus influencias para colocar a su mujer de alcaldesa de Madrid. El líder morado ahora calla y sonríe, como si la fuerza del pasado, tan reciente, no fuera con él, como si nunca hubiera dicho que una persona que se reúne con tanta confianza como Dolores Delgado con un tipejo como el comisario Villarejo debía dejar la vida política, como si no hubiera dicho tantas cosas que ha dicho en sus afanes dialecticos de político astuto y camaleónico. Ahora calla e inclina la cabeza ante la flamante Fiscal General del Estado, que para eso la ha nombrado Pedro Sánchez  con la misma soltura con la que a él le ha nombrado vicepresidente.  En la nueva etapa todo se hace como siempre, pero con un descaro y una falta de pudor institucional propia de los organismos más seniles. «La Fiscalía depende del Gobierno, pues ya está..», dijo Sánchez en el desenfreno electoral. Pues ya está.
El caso es que Iglesias será finalmente vicepresidente, como había soñado desde que descartó lo de ser gran timonel, que le quedaba tan grande, y lo será con tres mujeres, pero él lucirá en el gabinete el palmito de lo social y pasera por el mundo todo el asunto de la agenda 2030, los derechos sociales y la lucha contra la precariedad, aunque en el fondo él sabe que el gobierno de Sánchez no se va a apartar ni un centímetro de los dictámenes de la UE y el FMI, y para vigilarlo estará Nadia Calviño. Lo de Iglesias quedará en discursos y un poquito de demagogia y si al final del trayecto remite en algo la alarmante precariedad, que ni él ni Irene Montero ni Alberto Garzón jamás han padecido, con un canto en los dientes nos podremos dar.
En el fondo, esta izquierda de Pablo Iglesias, que comenzó admirando y recibiendo todos los parabienes del fracaso bolivariano, se ha convertido en el bote salvavidas de Iglesias y los suyos, asesores incluidos, ya más con mentalidad de alcanzar una suculenta jubilación, quizá al filo de los cincuenta, cuando el resto de los españoles sigue currando a todo tren, que de cambiar en serio nada, ni mucho menos hacer una revolución. Pedro Sánchez ha decidido jugar su partida con ellos sin tender puentes a la otra orilla donde, por otro lado, no había grandes voluntades. El papel del Podemos está por ver. De momento lo único que hemos visto ha sido que Iglesias, junto con Iceta, ha sido una suerte de ‘corre ve y dile’ entre Sánchez y el entramado independentista. Flaco favor a la izquierda más corajuda, ahora más que necesaria, imprescindible. ¿Se puede esperar algo más de nuestro protagonista?. Sabemos que Pablo Iglesias se ha acoplado a la nave monclovita con auténtico fervor desde su desvencijado invento  político. Atrás quedan aquellos cielos postizos.