TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Las pedorretas del cretino

Una manera aristotélica de ser libres es obrar en el «orden del ser» no dejarse corromper por ideologías liberales de derechas o izquierdas. Obrar en libertad, sin poner freno a nada que limite nuestro ser. Ser dueños de nuestro querer, soberanos de nuestras emociones que han de ser ordenadas dentro del «orden del ser» aristotélico.
Ahora que el «ser» se pone corbata para ver al Rey, se confunde la potencia del «ser» por ese o eso cuya fuerza emana de sus piernas y las de su jumenta-o, se confunde la capacidad y posibilidad para llegar a «ser» algo con provecho con eso que mana de su incapacidad para ser sujeto. Las libertades de los tiempos presentes pretenden que divorciarse es un ejercicio de libertad y el aborto un derecho; que la libertad es asegurarse la eutanasia, e incluso un cambio de sexo pagado por la sociedad que nos haga gozar de una nueva sensación. Si destruimos el orden ontológico destruimos el sostén de lo que ha sido la estructura de la sociedad humana, la esencia que ha garantizado su bienestar, basado ancestralmente en formas de vida comunitarias. Suplantar por iniciativa propia el orden natural de la vida es ir contra natura, es cambiar un orden social por otro que no garantiza nada, ni siquiera la supervivencia de los individuos como especie al no poder proyectarse en el futuro. Y dicen los que saben de la mente humana que tampoco garantizará su felicidad. Y lo que puede verse como libertad, si amenaza los Estados, estos suplantaran el «orden del ser» por unas leyes orwelianas que despojaran de todo lo que le quede al hombre que no ha entendido que el primigenio orden es el que le ha dotado de la libertad, esa que es ajena al liberalismo. Ahora que la gente se une por unirse, se separa por lo mismo, se atribuye el derecho de pernada consentida, sobre el hijo no nacido, eutanásicamente sobre su vida, y contra el orden natural de las cosas. 
   Creyéndose imbuido de lo divino se atrevía un «poseso de la verdad», un inquisidor que regañaba severamente a cierto astrónomo, de quien se decía que aceptaba la idea de moverse la tierra y no el rey Sol: — ¡Pues qué! le argumentaba, ¿no sabe su excelencia que consta en la sagrada Escritura que Josué mandó parar al sol?—Sí que lo sé, reverendo padre, respondió el acusado, y creo que tan de veras lo paró que jamás ha vuelto a andar. Y no puedo evitar decir que eso ocurre en política, que algunos que se alejan de lo aristotélico se creen independentistas independientes, libres de izquierdas, o libres de derechas, como si esa libertad existiera. Son los nuevos cínicos del estado los que se creen libertos, y las masas abducidas que no reconocen al impostor que quiere gobernarlas como si fueran sus satélites girando a derechas, a izquierdas, o pergeñados y cretinos nacionalistas que dan vueltas al tun-tun sin libertad, ignaros de que no hay libertad sin un orden moral superior que la module, y por supuesto superior a la mollera del cretinizador que los cretiniza. 
   Yo he conocido a buena gente, alguno ha sido político conocido en su casa, pero hoy no está de moda ser un buen tipo. No alzan el vuelo hasta las primeras filas si no se han sometido antes al escrutinio de los trepas, demagogocitos, botarates y otros mindundis que los elevan a un peldaño superior del partido en esa escalera que va al atril del liberal de nuevo cuño, ese al que se sube el impostor con el rencor de siempre y la estrechez de miras de su ojete. Ojete oscuro y de pocas luces, que nunca sabe si está tapado por el glúteo izquierdo, el derecho, o por ambos, que solo ve la luz cuando se dispone a soltar sus excrementos verbales. ¡Apriétense los machos que la cosa esta jodida y se oyen pedorretas!
   -Preguntó Dionisio á Aristipo, -¿por qué iban los filósofos a ver a los reyes, y los reyes no iban a ver a los filósofos?—Porque los reyes, -contestó Aristipo-, no saben lo que les hace falta, y los filósofos sí. Insisto, el arte poético es superior y nuestros políticos ni han estudiado filosofía, si acaso han ido a la copistería. Sin honor y decencia en quien gobierna no hay garantías de que un bien superior al que ahora tenemos pueda avalar la prosperidad y libertad que todos nosotros necesitamos. 



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Ayer estaba un pelín desilusionado aunque voluntariamente esperanzado