DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Un homenaje incompleto

17/07/2020

Un país sin memoria tiene un futuro incierto y en España no parece que vayamos sobrados. Apenas hemos podido enterrar a nuestros muertos y ya estamos de celebraciones. El vivo siempre al bollo. De ahí la necesidad del acto organizado por Moncloa para recordar a los que durante el estado de alarma se fueron en silencio. Ningún homenaje, por muy solemne que sea, sirve para restaurar una tragedia de tal categoría, pero en cualquier sociedad moderna los gestos son, en ocasiones, tan oportunos como necesarios. Urgía reconocer a los que ya no están y también a los que han trabajado para que otros tantos más puedan contarlo, perdiendo incluso la vida en ese intento.  
Formalmente, el acto organizado por el Gobierno tiene poco que reprochar: breve, sencillo y emotivo. No se escuchó ningún mensaje discordante; tampoco era el escenario adecuado para que lo hubiera. Incluso la voz cortada de Aroa López, enfermera del hospital Vall d’Hebrón, sirvió de denuncia elegante para los que se siguen tomando todo esto a chiste: «Hemos dado la mano y nos hemos tenido que tragar las lágrimas cuando alguien nos decía ‘No me dejes morir solo’». Pronto nos hemos olvidado ya de los aplausos, en los balcones y también en los despachos. En Atención Primaria vemos a médicos pasando consulta a 80 pacientes en un solo día porque las plantillas están esquilmadas y las Urgencias siguen sin refuerzos en verano. Con medio equipo de vacaciones, ante cualquier pico en la demanda, se ven al borde del colapso. ¿Dónde quedaron los aplausos a las ocho de la tarde? Para que sigamos dando palmas habrá que cuidar más la Sanidad y también la red de residencias de mayores, de donde han salido demasiados ataúdes. De momento, la cosa sigue igual de mal.
El marketing es lo que mejor se le da a este Gobierno y el acto de este jueves lo vuelve a corroborar. Ni una sola estridencia relevante. El detalle de las mascarillas inoportunas o el look de la presidenta del Senado solo califican a sus portadores. Pero además de la exquisita formalidad de casi todo lo que organizan en Moncloa, hay que ir al fondo, que en este caso es lo relevante. Y el gran borrón con el que Sánchez e Iglesias manchan el homenaje a las víctimas es no reconocer la realidad. No se puede mantener viva la memoria de los que han muerto por el Covid-19 sin antes admitir la cifra real de fallecidos. El Gobierno sigue sin reconocer que hay más de 40.000 muertos y no solo los 28.500 que aparecen en los registros oficiales, como si les estorbara la diferencia.
El resto cumplió el guión, incluido el afán del presidente y el vicepresidente -que en ocasiones se convierte en enfermedad- para subrayar el cariz extremadamente laicista de este Gobierno. Por eso, Sánchez ha querido organizar un acto a su medida y no a la de un país mayoritariamente católico, que habría requerido un funeral de Estado. Además, ningún homenaje, por muy necesario que sea, sirve para tapar los agujeros que ha habido en la gestión de esta pandemia. El recuerdo a las víctimas en un acto solemne no hace olvidar las mentiras que hemos escuchado durante todo este tiempo.
El fuego del pebetero que ayer se encendió en el patio de Armas del Palacio Real debería permanecer encendido más allá de la hora escasa que duró el acto. Como homenaje y recuerdo a los fallecidos y como toque de atención a los que todavía no se quieren enterar de que hay un bicho que sigue amenazando nuestras vidas.



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