TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Patria sin fronteras

15/03/2021

Me gustan las églogas, los romances, las serranillas, y por qué no decirlo, también soñé con las bigardas pastoras del marqués de Santillana, las que me gustaba imaginar en la arcadia serrana en que vivía, más lozanas que los viejos pastores que veía, recitar: Por aquellos prados verdes, / que galana va la niña; / con su andar siega la yerba, / con los zapatos la trilla, / con el vuelo de la falda / a ambos lados la tendía.
Yo, créanme, tengo patria y cielo, y fuentes de agua fresca que no necesitan de fontanero. Tengo prados y bosques que sin pagar contribución disfruto, y son tantos que aún no los conozco. Alguien de mi lugar me dijo siendo niño que no necesitaba jardín, que tenía un vergel sin alambradas al que ir a recoger leña, setas, o sestear bajo un pino mientras el agua del arroyo inundaba los mimbrales; mientras las mariposas se posaban en los dedos de mis pies, y el lagarto buscaba algo para disparar su lengua. Y al amanecer recogería la redecilla del arroyo en el que unas truchuelas quedaron atrapadas.
La palabra patria, que aparece ya en una glosa de Las Siete Partidas, seguirá designando la tierra natal, las villas y ciudades que las representan. La vecindad, como la ciudadanía implicaba limitaciones, puesto que el igualitarismo estaba muy lejos de las nociones sociales de hoy, por el contrario, predominaban ideas gremiales exclusivas y excluyentes. La política en las pequeñas urbes reflejaba las diferencias de clase, pero también la posesión de privilegios y el cumplimiento de deberes a ellos ligados. El vecino, el ciudadano, residente o morador, debían tener casa poblada, residencia y pagar tributos, los forasteros que no tenían los mismos deberes que los primeros, y aunque vivían en el lugar, no tenían derecho a la participación política, no podían alcanzar el desempeño de oficios municipales. La posesión de privilegios y el cumplimiento de deberes distinguían al ciudadano del mero residente. Privilegio es mi arcadia y patria.
Quiero tener (como decía José Luus Perales) un «verso para cantarle al aire», ser miembro de pleno derecho y súbdito en mi patria, gozarla y someterme a ella, respetarla y engrandecerla. Lo normal, lo razonable, es aceptar unas normas de convivencia, aunque no las hayamos impulsado, no lo que pasa con quienes se empañan en comportarse como energúmenos, véase los destructores de inmuebles urbanos desafiando a la autoridad. Que ya lo decían las normas del XV: «El súbdito, el natural, sólo puede alcanzar la plenitud de sus potencialidades políticas en el seno de un cuerpo, al cual pertenece como miembro». Modernamente parecemos cada vez más enjaulados, y vivir para muchos se ha vuelto en un fastidio, privados de libertad, sin ver una puesta de sol, confinados en ciudades inmensas, entre neblinas, ruido y humos. Muchos deberes y pocas satisfacciones tienen hoy los urbanitas. Y volver a la patria de sus mayores para muchos ya no es ni siquiera una opción. En mi patria siempre fue fácil participar plenamente en la vida política, social, económica y religiosa de la villa, al menos en potencia, si no, teníamos la barra del bar.  Y es que aún hay gente que sabe de romances: que donde preside amor / se olvidan quejas y agravios. Y hoy, tristemente, muchos no saben que es un romance, y parece que son hijos del odio, y creyendo tener memoria de quejas y agravios, creen tener patria, y solo son idiotas que no comprenden que la mejor patria es la que no tiene fronteras, ni muros, ni alambradas, ni violencias.