PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


El librero

28/02/2020

En la vida de todo escritor siempre hay, inevitablemente, un librero al fondo. En la de muchos lectores también, desde luego, pero no conozco a nadie en el oficio de la literatura que no tenga esa imagen grabada. Uno o varios, pero el librero es imprescindible. El mío fue Emilio Cobos, y acaba de morirse y me temo que con él se me ha muerto a mí una parte de Guadalajara y a Guadalajara un algo del paisaje de su alma.
Cobos era el librero por antonomasia de aquella ciudad provinciana y con casino de mis primeros días de juventud recién vuelto del País Vasco, tras un buen puñado de años allí como niño emigrante. Yo escribía entonces poesías, con intenciones que quizás hoy no aguantaran una inquisición feminista pero, tranquilas, con escaso por no decir nulo éxito, y también ya narraciones y cuentos. Hasta me dieron premios locales y uno nacional importante que se convirtió pronto en disgusto cuando a poco me dio, cosas de «malas lecturas», por pensar que lo del Régimen era dictadura y me fui por caminos de perdición y peores compañías y empecé a ser cada vez peor mirado y bisojamente mal visto por los próceres locales y las fuerzas vivas, que se sorprenderían ustedes de muchos de saber quienes eran los mas encendidos en su defensa.
El librero Cobos no era de los de significarse. En Guadalajara a eso se atrevían muy, muy, pero que muy poco. Pero Emilio, sin enseñar mucho la patita, algo la enseñaba y algo hacía con sus consejos librescos cuando barruntaba que podía hacerlo. Que no les hablo de ahora, tiempo de lanzadas a moro muerto, sino de cuando el antifranquismo era cosa en la que te jugabas cárcel y hasta peores cosas. Pero de aquello pueden hablar en verdad muy pocos con conocimiento de causa porque simplemente ni se acercaron a tales andurriales. Que les aseguro, con conocimiento de causa, que de los muchos que ahora sacan pecho y siglas ni estuvieron, ni estaban ni se les esperaba siquiera.
 Con Cobos, ya ven que cosas, yo vine a ir cogiendo algo más de confianza no por los libros, ni por la política, sino por las matemáticas. Resulto que se atragantaron en el Preu y el con clases particulares me ayudo a pasar el trago. Y de una cosa pasamos a la otra y comenzamos a hablar de ciertas cosas y él a ser mi librero de cabecera. Mayormente en lo literario porque en lo otro yo andaba con los textos que iban de la Marta Harneker a Mao, pasando por Lenin, que eran de obligado cumplimiento por la causa. Por fortuna, y gracias a Emilio, también leía otras cosas, que hoy entiendo de bastante mayor provecho. Porque a Cobos sobre todo le gustaban los escritores que escribían bien y ponía eso por delante de antojeras ideológicas, aunque él tuviera y a poco y en cuanto pudo lo dejó claras, sus ideas.
Cuando nos hicimos más amigos fue cuando yo comencé a publicar y ya no vivía en la ciudad. Fue allí, y se lo debo, mi apoyo. Nadie como él defendió a Nublares, mi primer obra exitosa en ventas. Porque Cobos defendió ante todo y sobre todo a los autores. Nos quería a todos, bueno, a casi todos, aunque refunfuñara. Se alegraba más que uno mismo si una presentación era un llenazo y en la feria para firmar tenías cola. Y no dejó nunca de hacer lo que como librero debía, aconsejarme ésta u otra obra de este u otro que acababa de salir y merecía la pena que leyeras. Vamos y para decirlo claro, Cobos vocacionalmente era lo que ha sido siempre un librero, un alcahuete de libros, un prescriptor que dirían ahora. Influencer no me atrevo a llamarlo porque estoy ya oyendo el bufido que, con razón, me daría.
Puede que los tiempos de los libreros, de los autores que iban a verlos y a tomarse un vino con ellos, de los que se leían muchos de los libros que vendían y de los que compraban los que les recomendaban, estén acabando. Emilio Cobos era de esa raza. Como él los hay, y perseveran y es preciso apoyarlos, en todas nuestras ciudades. Porque las están pasando mal, porque ahora compiten con plataformas contra las que luchar es casi un imposible. En honor al viejo Cobos, cascarrabias, buena gente, quisquilloso, protector y amigo no puedo sino estar con ellos y decirles a ustedes que no hay cosa mejor que comprar los libros en las librerías y echarse un librero de cabecera. Porque ellos son parte del libro y si se extinguen algo profundo del mundo de la literatura se extinguirá del todo y no será para bien sino al contrario. Y no solo es nostalgia. Es que lo que les está suplantando no me gusta nada.



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