EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Libertad sexual

14/03/2020

Está creciendo la reclamación de la mujer frente a la sociedad patriarcal y la violencia de género, y así se refleja hoy en la nueva Ley de libertad sexual, por la que deben ser expresas las muestras de consentimiento de la mujer en las relaciones sexuales, pasando de la aceptación tácita al consentimiento explícito, aumentando la pena de los delitos de este tipo y eliminando la figura del acoso para incluirlo en la agresión.
Esta ley, pensada para la defensa de la mujer, ha tenido una redacción improvisada que ocasiona serias dificultades en sus normas de aplicación. Así, eliminar el abuso convierte en agresión tanto un roce en el metro como un ataque violento con intimidación o fuerza. Para el catedrático Borja Mapelli es como igualar el hurto con el robo. ¿Y cómo valorar que la aceptación se ha manifestado «libremente por actos exteriores, concluyentes e inequívocos». ¿Y qué edad física y estado mental acredita la validez del consentimiento?
El piropo, como intromisión en la persona, es condenable pero habría que valorar su contenido, pues «vaya usted con Dios» puede ser importuno pero no agresivo, como los que no juzgan aspectos físicos sino que destacan cualidades morales como decir «simpática» a la funcionaria que nos atiende. Puesto que hay receptoras a las que agrada escuchar los elogios que les dirigen, el piropeador no debería ser procesado de oficio, sino sólo por denuncia de parte, que no prosperaría por oponerse a la libertad de expresión que ha aceptado las sátiras personales, la quema en efigie y los escraches. Por ley, mi vena poética me llevaría al arresto si en público me atreviese a atribuir a una desconocida las cualidades que vio Ahmad al-Qalyoûbî (s. XVII), en la mujer ideal: «…que al levantarse parezca delgada y al caminar estremecedora».
No crean que esta ley viene por vez primera a sancionar el piropo pues en 1929 el dictador ordenaba arresto y multa al acosador (estuvo dos años en vigor hasta que la República lo abolió en nombre de la libertad). En cuanto al rigor, Carlos III en sus Ordenanzas de 1769 condena el acoso a la mujer honrada con destierro y quien la forzase será pasado por las armas.    
La necesaria igualdad de dignidad y trato desemboca en la obsesión igualitaria, que ha llegado a crear un ministerio y humillantes cuotas protectoras. Pienso, con el humor de Leary, que a las mujeres que pretenden ser iguales que los hombres les falta ambición. También me duele la agresividad de los «ismos» femeninos, que son reversos del machismo y actúan como si el macho, por naturaleza, fuera el enemigo, cosa tan idiota como creer que todas las mujeres son tontas. Lo paradójico hasta el ridículo es que la ministra de Igualdad, de soltera Montero, sea un ejemplo de la dama que se ha promocionado como Señora de Iglesias. La Yourcenar -una escritora que valía por sí misma- escribió con clarividencia que «Un hombre que lee, o que piensa o que calcula, pertenece a la especie y no al sexo».
Buscaré el verso de un poeta -el chileno Gonzalo Rojas- para cerrar esta difícil columna con una fantasía literaria que sirve de vestidura a una utopía: «A lo mejor no hay mujeres ni hombres, sino un solo cuerpo: el de Dios».



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