ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


El negocio del ciudadano cabreado

Lo fácil sería escribir sobre el Brexit o sobre Trump y su Norteamérica. También sobre el tsunami que viene de Cataluña. O sobre las «iglesias en llamas» de la derecha de Madrid. Fácil y agradecido. Lo difícil es enfrentar el negocio del cabreo. Cómo estamos cabreados llevamos cuatro años sin gobierno. Como estamos cabreados (no nos representan), montamos tantos partidos como se nos ocurran. Cada cabreado tiene derecho a disponer de su propio partido. Lo de Podemos, en la izquierda, en su versión A, B, C, Z y cuantas otras puedan llegar apuntan en esa dirección. En cuanto a Ciudadanos, ni se sabe. Vivimos en el desconcierto, presentado con oropeles de pluralidad, diversidad y diferenciación. Nada tan indicativo, por reciente, que las alabanzas o diatribas hacia el Sr. Errejón y su ampliado chiringuito ¿Pero no era este el país que supo pasar de manera ejemplar de una dictadura a una democracia representativa? ¿Qué le ha ocurrido a ese pueblo entre aquellos años brillantes y estos confusos? ¿Eran los políticos de entonces mejores y más listos que los de ahora? Añorar el pasado o minusvalorar el presente no son métodos para construir nada. Nos hace ineficaces.
En aquellos años se discutía sobre la opinión pública. Incluso se distinguía entre opinión pública y publicada. Filigranas dialécticas. Se hablaba de ciudadanos sabios al tomar las decisiones adecuadas para superar los problemas de convivencia. Ahora se habla de ciudadanos cabreados. Es un producto más rentable. Venden más los cabreos inespecíficos, como venden las malas noticias antes que las buenas. Se imponen los mensajes en los medios para ciudadanos con jetas torcidas y morro revirado porque los políticos que eligen, de entre ellos y por ellos, son incapaces de formar gobiernos, ni siquiera provisionales. Se diría que el negocio de la comunicación se basa ahora en las inestabilidades políticas y en las decepciones subsiguientes. En busca del mayor rendimiento empresarial, de las mayores audiencias, se prefiere el espectáculo en lugar de escenarios constructivos. Espectáculo y cabreo se unen últimamente. Las intervenciones tienen que ser cortas, impactantes, contundentes, incluso moderadamente rabiosas. Que enganchen a los cabreados. Nada de explicar programas u objetivos de políticas públicas. Decidimos en algún momento que eso aburría al personal. Desde entonces se aplican a la política guiones de programas basura. Disponemos de numerosos grupos de ciudadanos cabreados sin que ni ellos sepan por qué. Eso sí, maleables y manipulables, aunque ineficaces para resolver los problemas de convivencias democráticas.


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