NUEVO SURCO

Javier López


En el país de la democracia plena

03/03/2021

Escribía en la columna de la semana pasada que en el país dibujado por las tropas enfurecidas y bárbaras de Pablo Hasél al final el que paga el pato es el autónomo al que le prenden fuego su  Vespa y le hurtan el vehículo ágil con el que puede desplazarse por la maraña urbana, fundamental esa rapidez, por cierto, para que a ese autónomo, de los que pueblan de forma sobresaliente el entramado productivo español,  le salgan las cuentas mínimas al final de mes. En ese país de Pablo Hasél la revolución es impostada, de mentira y al final se concreta en un adoquín lanzado con furor al que pasaba por ahí. Sin carga doctrinal ni ideológica ni objetivo, como siempre hubo en las revoluciones dignas de tal nombre.
Y frente al país indeseable de Pablo Hasél se levanta el país de la democracia plena, a veces en exceso autocomplaciente, autocomplacencia, por otra parte, que provoca grietas enormes por donde se cuelan los populismos varios cuya punta de lanza, más o menos reconocida, es, por ejemplo, lo de Hasél y compañía. Así aparece luego Pablo Iglesias aprovechando la ocasión concedida por la excesiva autocomplacencia hablando de la ausencia de democracia plena en nuestro país.
Fue a raíz del tema catalán.  Pablo Iglesias sacando de nuevo los pies del tiesto gubernamental, como hace una y otra vez, a  costa de la defensa de los indultos a los independentistas posicionándose en favor de una ‘democracia plena’ que, según el líder de Podemos,  brilla por su ausencia en nuestro país, y la reacción ha sido, durante estas últimas semanas, un coro casi sin fisuras alabando la plenitud de nuestra democracia, apreciación que viene a ser tan inexacta como los requiebros dialécticos, siempre tan tramposo, de Pablo Iglesias poniéndole más que peros a una democracia que, -todo hay que decirlo., tal y como está diseñada en la Constitución de 1978 a él no le gusta nada por más que, según la conveniencia del momento, lo intente disimular.
Lo cierto es que tenemos una democracia muy meritoria, homologable con la de los países de nuestro entorno, y no es poco, pero el peor favor que la podemos hacer son esos cantos autocomplacientes cuando tantas cosas hay por mejorar. Y es verdad que España no es un país acostumbrado a encadenar demasiados años en libertad, años a los que si además le añadimos la prosperidad conseguida, se convierten en la etapa más exitosa en la época moderna de nuestro país.
De ahí a afirmar que nuestra democracia es plena (la plenitud es una palabra demasiado gruesa como para pronunciarla gratuitamente) hay un trecho que solamente se puede cubrir desde una autocomplacencia excesiva que a la larga puede ser muy dañina. De hecho el trance en el que vivimos, agravado por la pandemia, está poniendo de manifiesto las profundas reformas que necesitamos en lo político sobre la base de lo conseguido, porque a nadie con un mínimo de fina sensibilidad democrática se le escapa que hay muchas imperfecciones que se podrían mejorar. No es muy normal, por ejemplo, que la forma de elegir a los jueces en su consejo de gobierno, el tercer pilar de cualquier Estado de Derecho, sea un pasteleo infame entre los partidos mayoritarios con alguna concesión al resto. Tampoco lo es que en un país con las tensiones territoriales del nuestro tengamos un Senado que no sirve casi para nada y no cumple su función constitucional de ser una auténtica cámara de representación territorial. Sería, además, muy deseable buscar mecanismos, como se ha hecho en alguna autonomía, para que la elección de un presidente del Gobierno, o de Comunidad Autónoma, o un alcalde, no dependa de aritméticas parlamentarias a veces complejas y extrañas y que no reflejan finalmente una voluntad mayoritaria de la ciudadanía. Se podrían buscar fórmulas para que organismos fundamentales en la vida de un país no dependan tanto de unos partidos omnipresentes en todos los ámbitos de la vida pública y tuvieran más protagonismo las personas y los profesionales directamente implicados. Y todo se podría hacer sin salirse ni un milímetro del espíritu y la letra de nuestra Constitución.  Por eso resulta curioso que la respuesta a los argumentarios tramposos de Pablo Iglesias sea el coro autocomplaciente de la supuesta democracia plena. En el fondo no deja de ser un síntoma de debilidad.