A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Aquellos polvos y estos lodos

Corre libremente por las redes y los correos un manifiesto firmado en origen por varias personas destacadas y bien conocidas en distintos ámbitos sociales y culturales de nuestra provincia, con el que se quiere poner el acento en el ya muy serio problema que acongoja a un territorio, el del centro de España (la Celtiberia, podríamos decir), víctima de un terrible proceso de despoblación que conduce a comarcas enteras a una situación de vacío humano que lleva consigo, casi de forma inevitable, el abandono del lugar y su ingreso en el repertorio de ruinas deshabitadas.
Casi nadie quiere señalar con el dedo la responsabilidad directa que recae sobre los poderes públicos que vienen rigiendo este país,  mediante una decisión fría, irracional, tomada desde las alturas, con el firme propósito de desertizar una gran parte del territorio. Corrían los últimos años del franquismo cuando un engendro titulado Plan de Desarrollo Económico y Social decidió, desde la frialdad tecnocrática de los despachos, que los 290 municipios que tenía entonces la provincia de Cuenca deberían quedar reducidos a 101. Para ello, trazaron líneas sobre el mapa y decidieron, como si fuera un juego infantil, este para acá, el otro para allá. Eso está escrito y publicado. De esa forma comenzó el proceso, en la mayor parte de los casos forzado, para llevar a cabo fusiones y absorciones que en apenas diez años cambiaron la configuración del territorio provincial.
Pero más allá de la estricta fusión administrativa había un propósito más perverso: lograr lo que se llamaba «la fusión de las gentes», es decir, el traslado real, físico, de las personas, de un sitio a otro, del pequeño pueblo absorbido por el grande, a éste, dejando aquel literalmente despoblado, vacío, con la desaparición ruinosa como objetivo límite final. De hecho, decía la propaganda oficial, ya se están produciendo casos en que los habitantes de algún núcleo pequeño que desaparece han estimado que el mejor modo de invertir las subvenciones concedidas por el Estado es precisamente construir viviendas en el núcleo principal y trasladarse a vivir a él. La llegada de la democracia puso término a esta vergonzosa actuación. Desde entonces, ya no se han producido más supresiones de municipios y, al contrario, algunos de los obligados a la fusión han vuelto a recuperar su autonomía funcional.
Desde el Estado, a través del Gobierno, se emprendió la alocada misión de suprimir escuelas, centros sanitarios, estaciones de ferrocarril, líneas de autobuses, cuarteles de la Guardia Civil, todo lo que pudiera suponer un estímulo para fijar la población. Para rematar la faena y ahondar en lo ya realizado, llegó para nuestra desgracia el gobierno encabezado en la Comunidad Autónoma por Dolores de Cospedal animada por el firme empeño de terminar de arruinar lo que ya era un desastre. Cuántas canalladas se pueden cometer en nombre de la austeridad económica. 
Encuentro, en un viejo artículo de Carlos de la Rica (año 1977) el cuadro de la vida rural en aquellos tiempos: «Cuando toca la campana de la iglesia siempre andan en la puerta el médico y el veterinario, en conversación» y luego el escritor «sorprende al maestro y los guardias del tricornio», incorporándose a la tertulia dominguera, que se verá enriquecida pronto con la llegada del alcalde. Ahí, en esas pocas líneas, está la esencia de cómo era la vida social en un pueblo cualquiera de nuestra provincia. Recuperar ese ambiente, esos servicios públicos, es vital para que se pueda interrumpir la agonía de tantos pueblos condenados a morir por falta de atención.  



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