TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


A vueltas con el arte

19/05/2020

El eco de la naturaleza, las notas de un instrumento musical, cuando llegan a vuestro oído no os han provocado una serie de seductoras ilusiones alguna vez? El papel de la música en la sociedad es el mismo que el de la poesía y la pintura. Las bellas artes, nos dice el filósofo, son la construcción bajo formas materiales de lo bello y de lo bueno que nos rodea, ensalzan la sensibilidad y procuran al hombre esos deleites puros de los que nunca se ve colmado, y le ayudan a tener paz, aun cuando el creador los concibiera atormentado. 
Nos decía Picasso: «Todos sabemos que el arte no es la verdad. Es una mentira que nos hace ver la verdad, al menos aquella que nos es dado comprender. El artista debe saber el modo de convencer a los demás de la verdad de sus mentiras»; «si una obra de arte no puede vivir siempre en el presente no se le debe tomar en consideración». Todos sabemos que el mayor compositor del mundo, Beethoven, siguió componiendo tras quedarse sordo. El artista trabaja entre muertos, (Miguel Ángel aprendió anatomía en una morgue). El autor crea en el exilio, entre las bombas; Cervantes escribió manco; James Joyce con un ojo ciego. Y aunque nadie les haga caso o les preste atención, los artistas han demostrado la suficiente chifladura para salir adelante y seguir creando, aún sin mecenas, y sin recursos buscan el consuelo en la intimidad de su estudio. Hoy la ignorancia es señera que muchos exhiben. Los que acumulan miles de libros en sus estanterías, el afán diario de lo que ha sido su vida, están preocupados porque muchos de los libros que atesoran puedan ser vendidos al peso, y eso dicen, entre otros, Reverte, Armando de Miguel, o Sánchez Dragó, que dice tener más de cien mil volúmenes. Otras más humildes y más importantes para nosotros como las de Federico Muelas o Carlos de la Rica aún siguen sin poder consultarse. Yo aún recuerdo de mis tiempos de estudiante que los más de treinta mil libros del cardenal Tarancón llegaron a San Dámaso en Madrid, y se recibieron con alegría. Hoy no sé si hubiera sucedido.
¡Oh sí! Es bueno repetirse y decir una obviedad que quizá ya no lo sea para muchos de los superficiales, oportunistas, serviles, y liberales tan de moda, tan de la última contracultura. Para muchos que juzgáis el arte como fútil invención humana, como de mero pasatiempo. El arte en su concepción y origen, ya desde las cavernas, está unido a la religión, (llamada cavernícola por muchos ignaros) y como ella tiene a Dios por origen y por término en muchas de sus representaciones. ¿Qué son las flores o un bodegón sino un intento de apropiarse de las imágenes que nos ofrece la creación? Sabed que siendo manifestación divina el arte más excelso, refleja maravillosamente no solo cuanto la naturaleza visible tiene de más magnífico, sino cuanto encierra de más misterioso el pensamiento y de más íntimo el corazón. No solo la pintura, ¿acaso la buena música no es capaz de conmover las entrañas del alma? Alguien ha dicho de la poesía (reina de las artes) que ella sola desenvuelve todos los mundos reales y todos los mundos inteligibles. Por eso otros han llamado ministerio sagrado el ejercido por el virtuoso creyente, el cual, con las herramientas de la forma, del color, de la palabra y de la composición melódica, nos habla convincentemente de la belleza absoluta produciéndonos un placer que vigoriza nuestra inteligencia con verdad, y dispone nuestra voluntad para el bien, ¿qué es sino Bach o Palestrina? La genialidad es ese don divino, ese poder misterioso que tiene por potestad el universo artístico, y coopera con Dios en la creación de lo hermoso, lo grandioso, lo más majestuoso e incomprensible, como la misma religión para los que dicen no saber de Dios.
Protógenes, pintor célebre, tenía su taller en un arrabal de la ciudad de Rodas cuando la sitiaba Demetrio. Ni la presencia de los enemigos, ni el ruido de las armas, que sin cesar resonaba en sus oídos, le hicieron dejar su habitación ni interrumpir su trabajo. Se admiró el rey de ver tanta tranquilidad, y le preguntó la razón. Yo estoy persuadido, -le dijo Protógenes-, de que habéis declarado la guerra a los rodios, pero no a las bellas artes.