CATHEDRA LIBRE

Miguel Romero


Invisibles

11/05/2020

Nunca lo había pensado, ni siquiera había pasado por mi cabeza tal situación, pero este Covid-19 nos ha traído sorpresas y situaciones dislocadas.
Para mí, acostumbrado a recibir alrededor de un centenar de saludos en un día normal de recorrido urbano por las calles céntricas de mi ciudad, y perdonar esta «falsa modestia», pero sigue siendo común que en una ciudad pequeña, las personas que vivimos y nos relacionamos socialmente, estemos expuestas a este detalle que para mí es altamente gratificante, puesto que es sinónimo de afecto o consideración y necio debe de ser el ser humano que no le gusta ser saludado.
Pero cierto es, que estamos siempre expuestos al factor sorpresa, sobre todo, a este que nos ha llegado rompiendo esquemas y provocando situaciones dramáticas entre muchas familias. Nunca podremos olvidar, por lo menos mi generación y alguna de las venideras, este tiempo de Coronavirus como consecuencia de esa ruptura social en la que nos hemos visto envueltos, y donde la ficción parece haber superado a una realidad sin precedentes, afianzando valores y provocando frustraciones.
Y al hilo de mi reflexión anterior, uno se ha sentido invisible por primera vez, al salir de mi letargo y poder pasear por esas calles urbanas (gracias al primer nivel de desescalada) donde habitualmente y en tiempo normal, realizo mi vida común, y ahora -en esta casuística vírica- sin que nadie haya podido saludarme, ni siquiera conocerme, al ignorar mi presencia, tal cual el mecanismo de protección en el que vamos inmersos, gorro, mascarilla y guantes, me ha hecho vivir una invisibilidad dicotómica -como diría el científico de turno-. He sentido una sensación de frustración, de un nuevo enfoque de vida, de impureza en los mecanismos solidarios de socialización y convivencia.
Me he sentido diferente, como así  se está gestando en mi formato de cuerpo adaptado a una Nueva Normalidad, esa que anuncian a bombo y platillos nuestros políticos; diferente en mi manera de pensar; diferente en el concepto de compartir y dejar sentir las riendas de pura relación cordial; diferente en el concepto causal de la política que nos rige o que nos condona; diferente en el trato hacia el enemigo; diferente en el sentir de la vida, sentir provocado por mecanismos de salida y de llegada; diferente en aceptar o no los intrusismos idealizantes con prejuicios o sin ellos.
Y ahora, cuando todo pase -esperemos que sin tardar en exceso-, la pregunta que me asalta constantemente, cada mañana y cada tarde, es, sí realmente veremos un cambio actitudinal, o un cambio en valores y en sentimientos, o un cambio en aplicaciones espirituales, esas que hacen del ser humano diferente al animal, o tal vez, pasará la Invisibilidad a la que hemos estado sometidos, y aunque volvamos a saludarnos como antes, en el fondo caeremos otra vez en el fango de la ignominia, hipocresía, ignorancia, necedad e hiperrealismo causal y casual, al que vulgarmente estamos acostumbrados.
Ya no es cuestión de positivismo o negativismo, ese factor que te hace ser más o menos complaciente o benévolo en el contextualizar los mecanismos de vida común; sino real o menos real, porque el ser humano que tiene tantos valores como ser, a veces, distorsiona los mecanismos que la vida le da, para hacerse inmoral y torpe.
Veamos que sucede, cuando la invisibilidad pase y nos volvamos a hacer visibles.