TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


El salario del miedo

09/06/2020

Yo no quisiera ser hoy como ese preso autonosuyo que al salir de la cárcel camino de la hoguera para que le hagan una barbacoa sonríe. Cree este cautivo que va a la hoguera para luego seguir lucrándose del trabajo ajeno, su última tortura, la que hoy sufren los Oteguis o el Oriol. Barbacoa a la que ha renunciado Ortega Lara. Sé que la tortura terminará, que el «virulento» mando político es efímero, y tengo esperanzas de que sea breve, que parece que ya tienen los saquillos llenos y eso los animará a aguantar lo justo, sólo necesitan tapar alguna indiscreta boca más, antes de que hartos de los trincones del sur los europeos del norte dejen de imprimir esos billetes que debían forjar la unidad y fortaleza de Europa. Puede que la esperanza sea «la medicina de los miserables», que diría Shakespeare, y todo apunta a que cada vez va a hacer falta más medicina. Al juicioso la esperanza le da fuerza, es «la cuerda del reloj» a la que se refería Lope de Vega, pero que nadie se engañe que Lope pensaba en cristiano. Para el creyente, como para Cervantes, la mayor injuria al altísimo era la de perder la esperanza, «luz que resplandece más en las tinieblas». La esperanza de algunos que no siguen la corriente del mundo es lo que más intimida a Soros, al Gates, y a otros como Trump y sus acólitos, sin olvidarnos de comunistas que aman el capital y desprecian al pueblo, o a lo Chino Xi Jinping y sus veinte años de socialismo para él y los suyos. El alimento que da el extremista de izquierdas solo a ellos engorda: palabras huecas con una miaja de justicia social que a quien la consume mata de hambre. El menú del extremista de derechas es también el miedo que se tiene a los otros extremistas. Para Ernst Jünger «la esperanza llega más lejos que el miedo», pero a muchos el miedo los paraliza y no se atreven a mirar por detrás de esa muralla de miedo que los mantiene presos en el redil, creen que si miran fuera se perderán, temerosos de perder el pan de los pobres que es la sopilla del socialcomunismo, que cuando no mata de hambre deja un pueblo extenuado y sin capacidad de rebelarse hasta que los recursos se agotan y viene una guerra o cae el gobierno. Ahora hay democracias agonizando, pensemos en Argentina o en el futuro que nos espera. Nos dicen que nos toca construir, ser generosos, solidarios. La clase media servicial morirá. Toca respetar banderas, ser leales, dejar de lado el color, trabajar unidos contra la adversidad de un tiempo difícil y descreído en que el ansia del poderoso mutila la esperanza del débil y hacerlo ya, pero eso no se hace cerrando los ojos ni dando palmas. Ya escribí: «amo al hombre que me causa decepción, por ser hombre como yo». No quiero perder la esperanza, quiero que ella sea la referida por Goethe: «La sempiterna locura de los locos», la de los creyentes, la de los que creen que con otros nos iría mejor, que esto ya no da para más. ¿Si los que están arriba no tienen narices a mandar a los suyos al lugar en que lo que más se desea es la luz, la penitenciaria, que haremos? El caudal que honradamente ganó el demagogocito no merece ni un mendrugo. El dinero no lo es todo, pero la despensa vacía no nos la llenará un trolas.