LA PLUMA CONTRA LA ESPADA

José Manuel Patón


Cabeza de cerdo

30/09/2020

Los CDR en protesta por la condena de Torra por meter la ‘paTorra’, han tirado cabezas de idem contra la policía autonómica. Una vez más se demuestra que los dirigentes independentistas son como los niños chicos, se tiran al suelo, lloran, patalean, y se meten con todo lo que pasa por ahí; en este caso la propia policía autonómica a la que ellos mandaban traicioneramente. España en aquel momento tenía dudas, los ciudadanos españoles, catalanes incluidos, tenían dudas, todos teníamos dudas de que triunfase la rebelión. Con lo bien que vivíamos en paz desde la transición, quitando los estertores de los tiros en la nuca de la ETA, Felipe González mantuvo a España en Europa, porque sus jefes, los socialistas Helmut Kohl presidente de Alemania y Mitterrand de Francia, le impidieron continuar con lo de OTAN no y gilipolleces por el estilo. Felipe, como el zorro de El Pequeño Príncipe en el asteroide, se civilizó, y yo diría que incluso, cansado ya de tirar de un partido corrupto en aquel momento, -con dos ministros, un director general de la policía, la directora general del BOE, el director general de la guardia civil después de airear una orgía en calzoncillos también, en la cárcel-, se alegró que llegase Aznar, que con coraje puso orden, bajó el paro a mínimos, levantó el país durante la primera legislatura, y luego se relajó como Felipe, porque sus más fieles le traicionaron metiendo la mano en la caja.
En un tren de cercanías llegó Zapatero con su ‘Estatut’ que puso a Montilla al frente de Cataluña, se cepilló la economía, pactó con Pujol que no hubiera trasvase, y ahí empezó el follón.
La época Pujol se caracterizó por llevarse comisiones, comprarle miles de locales al Santander para revenderlos, y según su mami, adquirir ferraris y porches en los desguaces, decía. A Pujol por poco tiempo le sucedió Mas, y a Mas, Puigdemont. Ahí se acabó una época en la que el PSOE apoyó el 155 para intervenir en Cataluña, y España parecía que iba a salir de la crisis.
Tras la huida de Puigdemont, que ya barruntaba barrotes en las gasolineras europeas, apareció la estrella de la fiesta: el bestia de Torra. Y le llamo bestia, porque él me llamó a mi bestia junto a todos los españoles de los que decía que éramos como «bestias», y el tal Torra, que iba a por la bolsa como todos, aunque le hayan condenado a inhabilitación, se ha llevado de botín una pensión vitalicia de unos 10.000 euros al mes. Objetivo cumplido, dirá. Los paganinis, los pensionistas, los trabajadores y los empresarios honrados. Ahí paga España.
El tal Torra volvió a quebrantar la ley, sabiendo como todos los zorretes políticos que si le condenaban iba a ser al cabo de los años, como así ha sido, pero además de no condenarle entonces, se lleva un premio: la jubilación. Todo condenado en política debería ser condenado también a no recibir dinero del Estado. Bandidos.