OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Dolor

28/04/2020

Cada día más muertos, cada mañana más familias de luto, cada jornada más dolor… y cada atardecer más fiesta. Así somos. Cuando el sufrimiento se hace presente, expansiva e incontrolablemente, como si de una ponzoña vertida en los depósitos de agua de una gran ciudad se tratase, cuando la desazón hace mella hasta en las mentes más optimistas, cuando intentar ver el vaso medio lleno sirve de poco, aplaudir me resulta amoral e indigno. No sé de dónde salió la idea, pero temo que mis suposiciones no sean desacertadas. Desconozco quien propuso que cada día los aplausos inundasen las ciudades, supuestamente apoyando a los que, a esas horas y a otras, dan su tiempo, energías y vidas para salvar otras vidas. Pero sí sé que hoy, ayer… no me siento bien cuando desde mi ventana o televisión veo el jolgorio que asalta a algunos. Si hoy viviese Machado él encontraría una razón más para, con previsible dolor, sentir que ese país que describió como de charanga y pandereta aun puede superarse a sí mismo en estupidez. Cuando hay quienes fallecen desamparados, cuando sin tardar otros muchos lo harán desahuciados, cuando la sinrazón habita donde nunca debió faltar la sensatez… cada día, antes de cenar, sonrisas, saludos, música rapera, bachata u otras insensateces ocupan nuestro tiempo corriendo prestos a saludar a vecinos hasta ahora desconocidos, vistiendo las mejores galas para festejar el momento guay del día. Quien haya cruzado conmigo dos palabras o percibido cerca mi aliento no tendrá la más mínima duda de mi sentir hacia militares, policías o sanitarios. ¿De verdad necesitan, para saber de nuestro reconocimiento, estos ejercicios que a dos manos supuestamente les conceden lo que luego, con una sola, se les hurtará al apoyar en urnas opciones afrentosas? Se acabó por mi parte. No más acciones que me alejen deliberadamente del sentimiento que ahora principalmente me invade: dolor.