BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Diario del año del desastre (X) Buscando soluciones

24/05/2020

España emerge poco a poco de la pandemia dejando un rastro de muertes, momentos trágicos y semanas de un confinamiento que ha dado para mucho, incluso para leer una vez más El diario de Ana Frank y constatar que la Historia, como dijo Nietzsche, tiende a repetirse, si no en círculo, sí al menos en elipse.
 Pero lo importante es que se empieza a ver luz al otro lado del inacabable túnel en que, como marmotas, hemos vivido estos dos últimos meses. El tributo de fallecimientos que hemos pagado ha sido altísimo –casi los mismos que toda Asia, incluida China, que generó esta plaga y ahora se aprovecha de ella; casi los mismos que los muertos que, a día de hoy, suman África, Sudamérica y Oceanía–; una barbaridad, tanto mayor cuanto estábamos convencidos de que nuestro sistema sanitario era perfecto y nos blindaba ante cualquier emergencia.
 Con horror, sin embargo, hemos constatado que sólo a base de tesón, perseverancia e incluso, en algunos casos, heroísmo, el personal sanitario ha paliado las deficiencias y el abandono en que lo tenían sometido una serie de gobiernos que un ejercicio tras otro se cebaba con ellos, negándoles el pan y la sal y practicando incesantes recortes, porque, en su opinión, había necesidades más apremiantes que cubrir en un Estado de las Autonomías donde la burocracia y la lista de asesores engordan día a día como la rana que quiso comerse una vaca.
 Ese tremendo esfuerzo para salvar el tipo supo reconocerlo la gran mayoría de la población que, en un gesto simbólico de solidaridad, salíamos todas las tardes a las ocho en punto a prodigarles nuestro agradecimiento en forma de aplauso. Sabemos, sin embargo, de su alto grado de desasosiego y desmoralización, no sólo por el altísimo precio pagado –cincuenta mil contagiados, cifra que es un auténtico escándalo, sin contar la lista de fallecidos, lista a la que habría que sumar a los guardias civiles y policías, encargados de bregar día a día con esos cientos de inconscientes que se creen que las normas no van con ellos–, sino también por el miedo a nuevos rebrotes, en especial ese que anuncian para el próximo otoño.
 Pues bien, hace unos días, hablando de este tema con un colega y amigo de la UCLM, el profesor de alemán Hans Christian Hagedorn, me dio una idea excelente para incluirla en este Diario, por aquello de que lo que urge en España es buscar soluciones y no ver a nuestros políticos seguir con su habitual zapatiesta. La idea es la siguiente: en vista del estado de agotamiento y desgaste psíquico  de los cientos de miles de sanitarios (médicos y médicas, enfermeros y enfermeras, auxiliares de enfermería, celadores, personal encargado de la limpieza, personal de ambulancias) y de agentes de toda índole que vienen  participando en tan dura brega diaria; y dado que existe un problema descomunal con las miles y miles de plazas de hoteles que no se van a ocupar este verano y que van a permanecer vacíos o semivacíos, por qué no instar al Estado a subvencionarles unas más que merecidas vacaciones que les servirían de asueto para cargar las pilas. Los aplausos y reconocimientos públicos están muy bien, pero un plan como el que sugerimos, en íntima connivencia con los agentes turísticos, sería como matar dos pájaros de un tiro.
 Planes como éste serían ideales para salir de impase en que estamos, sacar al país del pozo en que se encuentra, salvar puestos de trabajo, adelantarse a los acontecimientos en vez de esperar que Europa venga una vez más a sacarnos las castañas del fuego, o seguir el juego a iluminados que ignoran que cuando una persona está agonizando, como lo estamos en este momento, hay que salvarla y luego hablamos. Pero es que éstos son los mismos que en la guerra civil se empeñaron en hacer, ante todo, la revolución pendiente en vez de tomar por los cuernos al toro del fascismo.