A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


El otro río de Cuenca

06/07/2020

Entra formando un tumulto de espuma bravía, encajonado por altos farallones, y sale precipitadamente por entre los audaces pilares de uno de los puentes de más espectacular trazado que es dado encontrar por esas carreteras perdidas. Entre la entrada y la salida, el otro río de Cuenca, el sistemáticamente olvidado en las canciones de los poetas, remansa su trazado, se ensancha y explaya, riega huertas y vegas, acaricia tenues choperas y cumple su obligación estética de dibujar una línea en el horizonte.
El Turia, que antiguamente llamaban Guadalaviar por estas cumbres serranas, entra en Cuenca por junto a La Olmeda. A decir verdad, entra un poco antes, buscando trabajosamente el camino por entre riscos endemoniados, mientras compite en vericuetos y osadías con la carretera que se abre junto a él, de manera que uno no sabe qué admirar más, si el tantálico esfuerzo de la naturaleza o la astucia del ser humano al trazar líneas de asfalto por donde parece imposible que pudieran hacerse. La Olmeda es el primer sitio habitado con que se tropieza el Turia en su penetración por la tierra conquense.
 La Olmeda mantiene incólume su hermosa estructura de aldea serrana. No le falta el puente porque, como mandan los cánones de la iniciativa arquitectónica popular, el pueblo está al otro lado. No le falta tampoco el molino, ahora adormecido en el silencio de lo inútil, ni la fuente que mana generosamente agua dispuesta a ser bebida en el acto, sin filtros ni cloraciones. A La Olmeda, que tiene toda la belleza del mundo, solo le falta la gente y ese es un mal sin solución.
  El Turia, tras el puente, se abre a la vega, rodeando el caserío donde se asienta el pueblo. El Turia rodea Santa Cruz de Moya y desde las terrazas escalonadas de la villa apenas si se adivina su presencia en aquella línea arbolada que va zigzagueando por el horizonte. Es aquí donde el río abre su cauce, transformando el carácter serrano, juvenil y tumultuoso, en remanso si no totalmente adulto, sí al menos reposado y utilitario. Porque los ríos, cuando marchan encajonados entre las riscas de las hoces, cumplen una función estética, natural, sin más complicaciones que las de seguir las leyes espontáneas de la naturaleza; cuando llegan al valle interviene el factor humano y esa es otra historia.
 Las Rinconadas forman una bellísima imagen en el horizonte. La aldea de salida del río resiste mejor que su hermana de entrada, La Olmeda. Aquí hay varias decenas de habitantes, y más que llegan los fines de semana, los inevitables valencianos que enseñorean estos lugares, tan próximos a la tierra levantina. En Las Rinconadas prefirieron seguir la línea del río y, así, el pueblo se extiende a lo largo, como en una cadena de viviendas, alternándose las de carácter popular con los modernos.
Como en un mudo homenaje a la tierra que tan brevemente cruza, el Turia vuelve a encajarse para salir de Cuenca, olvidando sus veleidades de río de llanura. Vuelve a competir con la carretera y quizá gana la incruenta batalla bajo ese temerario puente que sabe de amarguras y dolores de postguerra. Al otro lado ya es Valencia, donde se apropiarán, como acostumbran, de la totalidad del río, si no de su utilidad práctica, si de su naturaleza, para hacerlo levantino a toda costa, olvidando sus orígenes serranos.
 El Turia no suele aparecer en los repertorios fluviales conquenses. Nuestras fuerzas se agotan recordando el verdor del Júcar, la bravura del Escabas, la humildad del Huécar, el poderío del Guadiela… El otro río de Cuenca apenas si es un trazo de unos pocos kilómetros en el mapa. El Turia, pienso yo, lleva con resignación el olvido de la tierra a la que también pertenece.



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