NUEVO SURCO

Javier López


Metidos en una botella (y VI)

29/04/2020

La mascarilla fue la palabra clave la semana pasada. Será a la postre nuestra arma más potente cuando salgamos del confinamiento. Eso, y seguir lavándose las manos con furor, unas manos que cuando vuelvan a presentarse en sociedad estarán algo deshidratadas salvo que hayamos gastado ingentes cantidades de crema hidratante en nuestros encierros. La palabra clave ahora es ‘desescalada’. El plan está presentado, los territorios lo aplicarán antes o después según la incidencia del Covid-19 y lo que establezcan las encuestas de seroprevalencia (otra palabra clave ahora) Será asimétrico, pero a todos los españoles nos espera un mes de mayo desescalando en medio de una nebulosa que continuará todavía un rato muy largo. Será duro el desconfinamiento, quizá más que el confinamiento.
El guión está trazado y nosotros seguimos comportándonos como soldaditos ejemplares en retaguardia, aunque algunas cosas van cambiando. Dolor y lágrimas, aplausos que se apagan, aplausos que  se piensan y se convierten a veces en el silencio interrogante de una ciudadanía que va madurando en el confinamiento. Un silencio que interroga y pedirá, después, informe de víctimas y daños, y debería hacerse sin pasión ni prejuicios adquiridos. No, no somos disciplinados soldaditos en retaguardia que resisten y aplauden. Dejemos el relato bélico que tanta trampa tiene. Somos, deberíamos intentar ser, ciudadanos conscientes e íntegros en una sociedad democrática e informada. ¿No es eso, en definitiva, lo que nos exige nuestra Constitución?. Posiblemente entre el aplauso y la cacerola hay un lugar ahora para el silencio interrogante y frío, el que nos piden nuestros sanitarios que, - ellos sí- son soldados en primera línea de combate. Ellos son hoy en España la autoridad competente en el sentido más real de la palabra. El silencio que demandan los sanitarios es la voz de un pueblo cansado que está cargado de razones  No sobran las señales de luto; muy adecuadas  esas sabanas y batas blancas en los balcones como las que en los hospitales se están convirtiendo en la mejor bandera para representar una patria dolorida y machacada por el virus.
Los niños han puesto estos días un punto de alegría en las calles aunque con excesos fotografiados, aunque a veces hayan sido manipulaciones visuales colgadas en la corrala virtual. Por fin ellos han comenzado a sentir el confinamiento como unas extrañas vacaciones. Pero pienso también en todas esas mujeres que llevan más de un mes atrapadas tras las puertas no de un hogar, sino de una  insoportable prisión doméstica. ¿Quién marcará estos días el 016?. O en esos hombres, -que también existen-, que no aguantan a una pareja cuyo grado de violencia psicológica puede haber llegado al extremo durante estos días. O en esos hijos que soportan todo sin tener culpa de nada y lo están sufriendo encerrados. O las mujeres que se dedican a la prostitución; muchas están viviendo el confinamiento en los clubes de alterne pagando una cantidad a los dueños. Y padeciendo dificultadas para conseguir una ayuda de emergencia que necesitan para vivir.
Grandes soledades que se están ventilando en silencio. En el silencio de un pobre habitáculo urbano de cuarenta metros cuadrados sin ventanas al exterior,  o en la soledad de cualquier casa desvencijada en la España despoblada. ¿Alguien ha pensado lo que le puede suponer a una persona anciana llevar más de un mes sin poder ir al podolog@ a que le arregle las uñas de los píes?.  La ancianidad es una segunda infancia pero aún requiere más atenciones que la primera.
¿Y cómo será este verano? Ya sabemos que no tendremos semana grande del Corpus, que siempre era como el pórtico de entrada en los calores. Será este un verano de pueblos, un poco a la antigua usanza pero sin la alegría de antaño. Hablan de limitar el aforo de las playas, incluso de establecer el uso de mamparas que no sé si se alquilarían allí como las sombrillas, las sufragaría la administración pública o se podrán llevar de casa en una versión plegable. Vaya usted a saber. En los chiringuitos todo será profiláctico y no se podrá arremolinar el personal en la barra en busca de esa jarrita de cerveza o de tinto de verano que te deja como un dios y una diosa en  el Olimpo tras el reboce de la arena, la sal y la solanera. Así hemos sido en España y ahora el frío futuro nos inquieta por más que en los laboratorios nos diseñen la desescalada a una ‘nueva normalidad’ que se vislumbra muy poco española en usos y costumbres y excesivamente distópica.



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