TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Periodistas, abstenerse

Deberían colocar a la entrada de ciertas reuniones políticas el clásico cartel, adaptado, que antes advertía vendedores, abstenerse. Los periodistas hemos dejado de ser bienvenidos, así que bien podrían colocarnos un cartel específicamente dedicado a nosotros en, por ejemplo, esas rondas negociadoras entre el PSOE y Esquerra Republicana de Catalunya: les basta con que interpretemos, suprema exégesis, las seis líneas con las que despachan en un comunicado el contenido de una reunión que puede ser trascendental para el futuro de47 millones de españoles. La transparencia ha fenecido, viva la transparencia.

En los últimos días, el frenazo a esa parte de la libertad de expresión consistente en el acceso a la información ha sido espectacular: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se abrazan para sellar algo inédito en la Historia contemporánea de España y a los chicos de la prensa no nos dejan ni formular una pregunta: solo mirar y solemnizar el momento con las cámaras. ¿Más ejemplos? Tengo muchos: tiene que venir una periodista chilena a recordarnos que una rueda de prensa no es una comparecencia con otro mandatario en la que solamente se admiten dos cuestiones de otros tantos periodistas y los demás a callar. O podría hablar también de esa célebre conferencia de un etarra en un aula universitaria donde no se admitió a los informadores, como si eso no tuviese interés para lectores, oyentes y telespectadores. O...

Creo que los órganos periodísticos corporativos deberían expresar una protesta muy seria ante este estado de cosas. Y, si no, habríamos de ser los propios periodistas los que, rechazando cubrir un acto en el que brilla la opacidad, mostremos la vigencia de la clásica frase según la cual noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique: lo demás es publicidad. O peloteo. Ya me dirá usted si, en estos momentos, la mayor parte de lo que se publica es algo que alguien no quiere que vea la luz o es más bien al contrario: logran que publiquemos lo que quieren. O sea, casi nada y, si puede ser, limitándonos a reproducir, respetuosamente y en su integridad, los comunicados oficiales.

Decía recientemente Pablo Iglesias: "nunca comento mis reuniones privadas de trabajo con el presidente del Gobierno". Esa frase resume toda una filosofía muy en boga entre quienes quieren o dicen representarnos (y no hablo solamente del Ejecutivo o de su futuro coaligado): creen que es asunto privado tratar sobre la composición y comportamiento de un futuro Gobierno, pactado en La Moncloa (que no es un domicilio privado precisamente) y que tiene por objeto gobernar, con programa aún ignoto, a los ciudadanos.

Quizá no se den cuenta del clima de sospecha que se está instalando en esos propios ciudadanos. Donde no hay información, florece la especulación y esa casi nunca discurre por los cauces benévolos, sino por teorías conspiratorias. ¿Que no nos cuentan con pelos y detalles lo que están hablando con Esquerra? Sospechemos que si tanto callan es porque se está negociando lo innegociable, más que intentando incluir al separatismo en el juego político nacional. ¿Que, cuando anuncian con un insulso comunicado de folio y medio (sin posibilidad de interrogar, ya digo) que nos llevan a una coalición que antes se nos había dicho que le quitaría el sueño a una de los coaligados, podemos colegir que aquel abrazo responde a móviles más bien egoístas, y no al bien de la nación? Pues qué quiere que le diga; podría, en efecto, pensarse tal cosa. Como podría pensarse que estos casos que cito, y otros muchos, podrían ser apenas la antesala de una auténtica persecución al concepto mismo de la información democrática.

Los periodistas, les guste o no, somos los intermediarios entre las fuentes (ellos, en teoría) y la ciudadanía. Relegarnos al papel de meros transportistas de micrófonos para que ellos hablen en solitario, o de simples copistas de los comunicados que, en ocasiones con prosa mejorable, nos entreguen, acabará obligándonos a buscar los ángulos más morbosos de la noticia. Pretender que normalicemos lo que es claramente anormal simplemente porque al día siguiente se producirá un hecho aún más escandalosamente inédito, que tapa la anormalidad de la jornada anterior, es una peligrosa escalada que puede acabar en una deslegitimación de las reglas del juego informativo, es decir, de las que practica el cuarto poder en aras de una información mejor, más completa, más democrática.

Y, ante una tal deslegitimación, yo sí que me abstendría: nada quiero saber de todo eso, nada debemos querer saber de todo eso.