ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


Diez años de la Escuela de Arquitectura

Aún recuerdo, como si se fuera la semana pasada, el comentario de Manuel de las Casas. En tono bajo,  como para conjurar algún peligro al acecho, susurró que estaba a punto de conseguirse la creación de la Escuela de Arquitectura de Toledo. Un largo sueño mantenido, no sin dificultades, hasta que se convirtió en realidad. Desde que abrió en Toledo han transcurrido ya diez años. Diez años en una nube y en un suspiro. Diez años, que son menos que veinte, y que, sabemos por la canción, son nada. Por  eso, continuando con la canción elegimos la mirada feliz con la que inauguraba el curso 2019 -2020 el director actual D. Juan Ignacio de Mera. Decía,  con el estremecimiento de un reto, que la Escuela ha adquirido personalidad suficiente  para aspirar a liderar la enseñanza y el aprendizaje en España. La posición estratégica de Toledo lo permite y lo facilita el campus del que se dispone. Palabras que evocan  tiempos muy, muy lejanos. Ahora que nos aproximamos al centenario de Alfonso X.  En los siglos en los que Toledo se convirtió en un centro difusor de la ciencia. Fueron años industriosos en los que, sabemos, existían diversas bibliotecas en Toledo y Escuelas donde se copiaba y traducía la sabiduría de griegos y romanos, matizada por los sabios persas y árabes; donde se adquirían los conocimientos astronómicos y matemáticos contrastados por los sabios de Bagdad. Hablamos de los siglos XII y XIII. Tiempos en los que llegaban a Toledo de los reinos de Europa  estudiantes  para aprender las artes mágicas. La ciudad era plurilingüe. Y el astrolabio ‘universal’ de Azarquiel el gran invento que se exportaba a Europa, Oriente Próximo o la India.
Pero volvamos al presente, que es la expresión diaria de la Historia. La Escuela de Arquitectura ya ha sido capaz de formular proyectos arquitectónicos que pueden cambiar la ciudad. Por citar uno, conocido este verano, el TFC de Laura Díaz Palomo en el que se propone ‘reconstruir’ el concepto de Circo Romano, mediante el levantamiento de dos graderíos enfrentados con un centro en el que se levanta una espina y encima un obelisco. Una recreación sintética y alusiva al gran circo que en estos momentos permanece degradado. El proyecto, con otros muchos, descubre las potencialidades que la Escuela  de Toledo contiene para cambiar la ciudad y convertirla en foco de atracción para interesados en las técnicas de la Arquitectura. Un futuro esperanzador.