BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Franco, aquel hombre

Hasta los que, por suerte para ellos, se habían olvidado por completo del hombre que distorsionó la Historia de España, introduciéndola casi cuarenta años en el túnel del olvido; hasta los que ni lo habían conocido salvo en los libros de texto o simplemente de oídas, de nuevo lo han visto reaparecer, dividiendo una vez más este país desdichado por culpa de la Iglesia, la Monarquía y el Generalato golpista, que, como unas trébedes, impidieron que el pueblo más emprendedor y atrevido de la Historia levantara cabeza desde los tiempos del duque de Lerma.
 Lo que hemos visto estos últimos meses desde el momento en que Pedro Sánchez decidió hacer lo que sus antecesores deberían haber hecho muchos años antes, ha sido vergonzoso. Centrar la atención mediática en un tema puramente simbólico y, si me permiten, banal, cuando los problemas surgen como setas a nuestro alrededor y seguimos sin Gobierno, es, como mínimo, desalentador, tanto como sacar pecho de una victoria pírrica sobre una familia empeñada en seguir utilizando unos huesos para seguir demostrando al mundo que su abuelo fue el único dictador fascista que murió en su cama, aunque hay que ver de qué manera. Las triquiñuelas que ha ido ideando esta indigna familia -que, recordémoslo, estuvo más de veinte años oculta en su guarida como las marmotas esperándose lo peor- para que el viejo dictador ganara una batalla después de muerto como el Cid, constituye una auténtica novela de enredo. Que personas que intrigaron hasta el momento de la muerte del patriarca, intentando que destituyera a Juan Carlos para que Carmencita y Jaime de Borbón subieran al trono, y a quienes, lejos de recibir el escarmiento que hubieran merecido, se les permitió seguir especulando con un dinero y unas posesiones de dudosísima procedencia, para de ese modo vivir del cuento, hayan actuado de modo tan mezquino es algo incalificable. Pues han sido ellos y sólo ellos los que, valiéndose del hijo de Utrera Molina y del prior del Valle de los Caídos, además, claro está, de los nostálgicos de la Fundación Francisco Franco, han recurrido a leyes y tribunales de toda índole, ellos que jamás los respetaron cuando se trató de los derechos ajenos, para convertir en esperpento nacional algo tan sencillo como es exhumar discretamente los restos de Franco y llevarlos a un mausoleo familiar.
El desenlace parece muy próximo, aunque para ello haya tenido que intervenir hasta el Papa Francisco y casi toda la corte celestial. Falta, eso sí, el último acto del sainete. El viernes, por orden del Gobierno, se cerró al acceso al público del Valle. Se habla de un acto discreto y sin oropel, sin periodistas ni fotógrafos: ¿Se logrará? Seguro que no. Hay fotos que se pagan a precio de oro, y en España el morbo vende a espuertas. La próxima semana,  entre la exhumación de Franco, la actitud del prior, las maniobras de última hora, la sentencia del procès, las elecciones a la vista, y los cuatro jinetes del Apocalipsis -que ahora parece que son cinco– intentando sacar provecho de este caos, se presenta más que movida. Y mientras tanto, los ocho millones de españolitos que se ríen por no llorar cuando oyen hablar de recuperación económica, esperando a un Godot que nunca llega. Todo esto, reconozcámoslo, es una auténtica charada que tiene más que harta a mucha gente que es demócrata porque de algo hay que ser, y si no, que se lo pegunten a la alcaldesa de Móstoles, de quien hablaremos otro día, que, como doña Carmen Polo decía a su marido, se dice a sí misma: tú a mandar, que para eso te han hecho alcaldesa por la gracia de Dios, y tienes que sacar tajada, digan lo que digan los demás. ¡Qué triste país, donde, la mayoría de las veces todo se queda en palabrería cuando queda tanto asunto pendiente! Quemamos la pólvora en fuegos de artificio y, a la hora de la verdad, nos vemos sin fuerzas.