LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


El motín de Albacete

23/07/2020

Un grupo de temporeros negros tomaron al asalto el domingo la ciudad de Albacete después de que los confinaran por el coronavirus. Uno de ellos había dado positivo y todos los demás fueron puestos en cuarentena por las autoridades sanitarias. Esto hizo que los trabajadores vieran comprometido su jornal y se tomaran la justicia por su mano, hartos además como estaban de aguantar las condiciones en las que se encontraba su alojamiento. El alcalde Casañ dijo que se cerraba el albergue y que los llevaba al Pabellón Ferial. Page alertó de los brotes racistas en Antena 3 y pidió prudencia. Los sindicatos y las formaciones de izquierda ponen el acento en la explotación del trabajador, mientras que las derechas y ultraderecha, en la seguridad de la ciudad y en el origen del país. Cada uno tiene su parte de razón, pero ver negros como locos zarandeando coches en una tranquila ciudad de la Mancha, acojona.
Y es que el coronavirus ha cambiado no solo la estadística mortuoria del Carlos III, que algún día hará suya Pedro Sánchez. También lo ha hecho con hábitos, costumbres y miedos. Sobre todo, miedos, curiosamente el enemigo número uno de la libertad. A la altura parecida de la igualdad. El miedo paraliza la voluntad y así no hay posibilidad de avance. La igualdad cercena el espíritu de emprendimiento, con lo que se impone el ‘que talle otro’, propio de los regímenes comunistas o estados atrofiados por el régimen público. Ahora ya no se pide ni la hora en la calle y si se hace, con mascarilla y a dos metros de distancia. Se acabó el ligar y ya no es necesario ser un adonis para triunfar. La revolución de los feos es la única buena que yo veo aquí.
El motín de Albacete sigue los pasos de otros que en la Historia fueron. El que más me recuerda es el de Esquilache, en el siglo XVIII, ministro de Carlos III, al que Madrid se le levantó por no dejar la capa como prenda de uso habitual en el vecindario. Esto soliviantó a los castizos, que aprovecharon la cuestión para ajustar cuentas de la época. Bajo las capas, guardaban armas que eran las verdaderamente peligrosas. Madrid fue un tumulto que aun hoy se recuerda en coplas populares. Los motines empiezan con una chispa y acaban convirtiéndose en incendios colosales.
Otro más aristocrático fue el de Aranjuez, donde quedó escrito el aire que se gastaba el hijo del Rey, Carlos IV por entonces. A Fernando VII le entraron las prisas por reinar y, harto de Godoy el choricero y el resto de la Corte, se levantó un grupo de partidarios del joven príncipe con la idea de deponer al padre. El Palacio Real de Aranjuez todavía hoy guarda en sus rincones algunos de los corrillos, murmullos y estiletes que se usaron entonces, aunque todos quedaron enfundados hasta Bayona, donde hijo y padre hicieron la mayor de las traiciones a la patria, vendiéndola a Napoleón. No sé por qué hay quien se aburre con la Historia, con la de movidones que trae normalmente y la de lecturas que ofrece.
Ahora viene el motín de Albacete, icono de los tiempos coronavíricos que nadie esperaba y que llegan para quedarse. La solución buscada no es mala, si los propios interesados colaboran. Si no, todo se complica. Las contradicciones se multiplican. Los españoles no quieren trabajos del campo, pero sí paguitas. Los temporeros llegan y el coronavirus los echa. Los racistas aprovechan para mandarlos fuera y Europa recorta la PAC. Así no va a haber quien se dedique a la agricultura ni mantenga nuestros campos de algodón.