RATAS DE DOS PATAS

Ángel Villarino


Tenemos un problema con China

Desde que vivo en Madrid he dejado de preocuparme por China. Me esfuerzo, pero resulta imposible tomárselo en serio desde aquí, rodeado de cigarras. Luego de tanto en tanto me despierto sobresaltado en mitad de la noche, como un personaje de la Warner, sobre todo cuando hay picos informativos como la crisis del coronavirus y empiezan a hablar a todas horas de ello en la radio. Vuelve el temor, la preocupación, agravada por la sensación de presenciar lo tarde y mal que vamos con el temario: lo poco que entendemos aquello, lo mal que interpretamos lo que quieren sus dirigentes y sus súbditos.
Se vive mejor sin pensar qué pasará cuando China culmine su tercera transformación y ejerza de potencia hegemónica, igual se vive mejor sin pensar en el futuro de las pensiones. Ni siquiera somos conscientes de lo cómodos que hemos estado bajo el paraguas de los Estados Unidos, bajo un imperialismo que nos ha mimado hasta el extremo ridículo de financiar nuestra seguridad militar y combatir nuestras guerras. Somos primos lejanos, provenimos de la misma familia e incluso -como españoles- llegamos a controlar buena parte del territorio sobre el que se asienta. Europa ha sido a EEUU lo que Grecia fue a Europa: una raíz simbólica donde vive gente.
Con China me temo que no vamos a tener tanta suerte. Y menos en el caso de España, situada en unas antípodas que se van alejando en el horizonte. Aquí aún hay quien piensa en serio que el desafío geopolítico de nuestro futuro inmediato pasa por Oriente Medio, el yihadismo y sus guerras. Prácticamente cualquier país del globo tiene ya más contactos, relaciones y conciencia que España sobre lo que está pasando en esa parte del mundo. Es más: hemos empezado a hablar de ello como un problema del futuro, cuando hace diez años que es una cuestión del presente. Incluso los tópicos más acertados que se escuchan estos días llegan veinte años tarde.