DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


La Tribuna queda huérfana

03/07/2020

Salazar es la papelería más antigua de Madrid. Está en Luchana, una calle castiza del distrito de Chamberí que une la glorieta de Bilbao con Santa Engracia. Allí se encuentra el teatro que lleva el mismo nombre que la calle. Cuando estudiaba la carrera, unos compañeros compartían piso en aquella zona. Pisábamos más los bares que la papelería, que no es cuestión de hacerse trampas al solitario. En cambio, siempre que se necesitaba, tras el mostrador estaban Ana y Fernanda. Entonces no había Amazon ni Aliexpress y lo que veías era lo que tenían, que es lo mejor para evitar sustos. ¿O es que eres de los afortunados que jamás te has llevado sorpresas cuando compras online?  
Hace ya años que no paso por allí y en poco tiempo echará el cierre para no volverlo a levantar. Salazar ha cumplido 115 años de historia y no tiene pinta de que vaya a sumar ninguno más. Sus dueñas    -biznietas de la fundadora- se jubilan y, además del paso a una nueva situación laboral, se suma la muerte, repartida por capítulos, de este tipo de comercios. En este caso, el cierre de Salazar no tiene nada que ver con el coronavirus, aunque sea la puntilla definitiva para que ningún valiente se atreva a asumir el traspaso de un negocio que agoniza, víctima de un virus tan letal como el covid-19. Ni se encuentra a la persona ni tampoco hay un relevo generacional dentro de su propia familia, donde han preferido volar por otros lares profesionales. 
Más cerca que Salazar me pilla la Librería Alcarreña. No es tan longeva como su prima hermana de Madrid, pero si te pones a buscar un comercio tan veterano, en Guadalajara te cuesta encontrarlo. La librería tiene ocho décadas y su dueña, Ascensión de Blas, un porrón de años cotizados. 65 y unos meses. El Viaje a la Alcarria de Cela no se entiende sin esta librería, por todos los ejemplares del libro que se han vendido allí y por la estrecha vinculación que el Nobel tuvo con Ascen. «El viajero lee los periódicos mientras desayuna otra vez. Después se va a dar una vueltecita por la ciudad; tiene que cambiar algún dinero en el banco». Esos periódicos venían de la Librería Alcarreña. Su dueña formó parte de ese selecto club que don Camilo trabó en Guadalajara y en el que estaban los escritores Paco Marquina y Toya Velasco, el pintor Jesús Campoamor, el melero Teodoro Pérez Berninches y Amparo García Cepero, cocinera del restaurante Quiñoneros, donde a Cela le remordía la conciencia el cordero «de lo bueno que está» y donde elaboraban una «empanada de bonito que no la mejoran en ningún sitio del mundo». 
Ascen y su hermana María cogieron las riendas de la Librería Alcarreña en 1954, aunque el negocio ya llevaba funcionando unos cuantos años. Desde 1940. En los duros momentos de la posguerra, la fundó una tía suya, Leonor Carvajal, a la que todo el mundo llamaba Leito. Desde entonces, ha sido el gran referente literario y cultural de la ciudad.  
Ahora muchos nos lamentamos de estos cierres, que tienen el mismo punto en común. Pero si encontramos un libro o un lapicero cinco céntimos más barato en un comercio asiático, allá que vamos sin pensarlo. Y ni siquiera eso, que muchas veces damos por hecho que afinan más en el precio en determinados establecimientos sin comprobar si realmente es así. Entre eso, la digitalización del sector y que no se lee lo que se debería, el resultado es el que es. El periódico La Tribuna queda también huérfano de una librería desde la que sus artículos y reportajes se han transportado durante todos estos años a las manos del lector.   



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