NUEVO SURCO

Javier López


La brújula de Rivera

No es de extrañar que Albert Rivera aparezca cada día con la figura más descompuesta. Su imagen pública se deteriora por momentos, quizá porque siempre le ha podido la ansiedad. Lejos van quedando ya los tiempos en los que se le percibía como a una de las grandes promesas para un tiempo político nuevo en España. Ciertamente a él le gustaba cultivar esa idea y que las terminales mediáticas más afines lo hicieran. Había complacencia en presentarle como una suerte de Adolfo Suárez para una Segunda Transición. Un hombre joven y centrado, capaz de suscitar acuerdos de largo alcance a derecha e izquierda. En algún momento, allá por 2015, ciertas encuestas favorecedoras le colocaban ya al borde de la Moncloa frente a un PSOE descompuesto y sin rumbo, zarandeado por un Podemos al alza, y un PP aviejado con un Mariano Rajoy resistiendo a toda costa. A Rivera se le presentaba en ese contexto como al hombre del momento, al gobernante necesario, la gran esperanza en el resurgir de nuestra democracia bajo el reinado de Felipe VI.
Pero  a medida que esa posibilidad se fue alejando, la figura de Rivera se fue desdibujando, como su propio partido, que ha pasado de ser un potente alegato frente al independentismo en Cataluña con una proyección centrista en toda España, a convertirse en un actor imprevisible y confuso en el escenario político nacional. El asunto se torció definitivamente cuando Albert Rivera decidió que lo suyo era única y exclusivamente dar la batalla por el  liderazgo en el centro-derecha, ganársela a Pablo Casado. Y lo que ha ocurrido es que a medida que Casado va encontrando un hueco, y entretejiendo un partido a su medida, Rivera va cayendo en una caricatura de lo que él mismo ha pretendido ser.
A medida también que Ciudadanos ha dejado de ser una plataforma ideológica para convertirse en instrumento de una ambición personal, la descomposición se ha hecho patente y casi irremediable. Porque la última salida a escena de Rivera hubiera sido aplaudida por muchos españoles, creo que mayoritariamente, si se hubiera producido el pasado mes de julio, durante el primer intento de investidura. Pero en ese momento el líder naranja estaba en un grado de negación a cualquier posibilidad de gobierno mucho mayor que la del propio Pablo Casado, y la misma noche electoral salió  a la palestra declarando que “Sánchez va a pactar con independentistas y populista y aquí estamos nosotros para impedirlo”. Antes de que ocurriera nada, antes de abrir cualquier posibilidad de gobierno. Después, durante los últimos meses, se ha negado incluso a entrevistarse con el presidente del Gobierno en funciones. Pero él no pensaba en Sánchez sino en Casado, y la jugada le está saliendo mal, como indican todas las encuestas.
Desde ese momento, en el punto de inflexión marcado por las elecciones generales últimas,  las deserciones entre los naranjas han ido en aumento, figuras que le daban al partido un cierto  fuste intelectual han abandonado un barco desnaturalizado y con el rumbo cambiado. El último golpe de timón no ha sido más que una salida a la desesperada ante unas encuestas absolutamente desfavorables y Rivera, que es un fanático de las encuestas, no lo ha podido aguantar. Lo cierto es que hoy por hoy Ciudadanos seguirá teniendo su clientela y su parroquia aunque disminuya considerablemente, seguirá fraguando pactos llevándose las recompensas correspondientes en términos de poder, pero cada vez queda más lejos la posibilidad que se abrió cuando este partido dio el salto desde Cataluña a la política nacional.  Un partido nuevo que llevaba en su seno novedades necesarias en la política española. Una de las más importantes era que nacía de la realidad catalana y se proyectaba desde allí sobre todo el conjunto nacional. No había mejor forma de dar un mazazo al independentismo totalitario que mostrando esa voluntad de integración en toda España. La otra,  que era un partido capaz de ser una correa de transmisión perfecta de la nueva época que se abría en España, balanceándose a derecha e izquierda, y facilitando una gran autovía central por la que debía transcurrir la vida del país en medio de una turbulencias que hacen urgentes las grandes reformas. Ciudadanos hubiera dignificado el papel de bisagra, quitándoselo a los independentistas, y quizá en algún momento hubiera llegado el éxito total para ellos. Pero Albert Rivera prescindió de su brújula y ahora, cuando ha vuelto a dar otro golpe de timón, nadie se le ha tomado muy en serio, aunque se le dé la bienvenida


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