NUEVO SURCO

Javier López


Lo de Pablo Iglesias y la libertad

08/07/2020

Anda Pablo Iglesias por el escenario postcovid sumido en un mar de inquietantes incertidumbres sobre su futuro a las que pretende despachar, como nos tiene acostumbrados, con la ligereza propia de un tipo muy ‘echao pa’lante’  que  hace menos de diez años se plantó con las mismas en  medio de la indignación popular de la Puerta del Sol con una libreta en la que llevaba años haciendo anotaciones desde su laboratorio ideológico. «Quiero poder», se dijo, y luego se lo justifico con una serie de consideraciones teóricas más bien viejunas por más que las envolviera con los ropajes de la nueva política. Lo suyo fue siempre antes el poder que la preocupación por los más necesitados, y el pisito obrero de protección oficial en Vallecas cedió pronto el terreno a la mansión burguesa en una de las zonas residenciales más caras de Madrid.
Lo cierto es que el invento le está resultando bien a medias, y si no ha sido un gran líder populista, como ha llegado a imaginar en sus mejores sueños, es porque le falta carisma (una cualidad con la que se nace mas que se hace), mano izquierda, y sensibilidad auténtica hacia el españolito que sufre, aunque a él, tan progresista como se considera, está apreciación le pueda parecer una insolencia. Pero Iglesias, que es capaz de atravesar las puertas de la Moncloa sin ni siquiera dar los buenos días ni mirar a los operarios que le reciben, es un tipo poco sensible y menos empático por más henchido de ideología postcomunista que esté. Tampoco, por lo que llevamos visto, es demasiado feminista.
En el universo de Pablo Iglesias todo se sustancia en un discurso hiperinflado de demagogias, impostadamente compasivo, aunque para pronunciarlo tenga que incumplir todas las reglas sanitarias básicas,  abandonar un confinamiento tras un confirmadísimo positivo de su pareja y saltarse a la torera las  estrictas normas  que su propio gobierno está ordenando a la población  en el marco de un estado de alarma sin precedentes en nuestra democracia.
Iglesias es un tipo complejo que  ha convertido su partido en un aparato de promoción y supervivencia personal en la política. Y sobrevive, aunque ahora aparecen sobre su carrera negros nubarrones a cuenta de un turbio asunto relacionado con el móvil de una asesora, Dina Bousselham , explotado hasta la saciedad por Iglesias como un complot brutal de las cloacas del Estado contra la fuerza imparable y redentora de Podemos. Las jaurías digitales de Iglesias se lanzan ahora en tromba contra quien está osando cuestionar esta versión y colocar a su líder en la incómoda posición de ‘cazador cazado’.
Iglesias y sus terminales más fieles dan estopa con furor a periodistas como Vicente Vallés, que tiene una línea editorial clara, pero al que no se le puede acusar de falta de profesionalidad y rigor. Vallés te puede gustar más o menos, pero es un periodista auténtico frente a la tropa de influencer ocurrentes que crecen como hongos a izquierda y derecha palmoteando alrededor de  algún amo. Esos son los que le gustan a Echenique y a otros de su estilo, a diestra y siniestra. De manera que Iglesias no es gran amante de la libertad básica a la información como tampoco lo es de la unidad de los españoles y de todo aquello que nos garantiza un espacio de convivencia digna. Sus defensores critican a la prensa libre aludiendo al llamado pacto de silencio que rigió sobre las inconveniencias en los comportamientos del Rey Emérito en un ‘y tú más’ indecente que apenas esconde el profundo desprecio hacia el periodismo libre y necesario, aquí y ahora.
Iglesias, y a los hechos hay que remitirse, es un contratiempo en la convivencia saludable que hemos sabido construir pero también en la buena salud de la izquierda democrática. No, lo suyo no es un trabajo serio a favor de la justicia, la igualdad, la equidad y la protección de los débiles. Lo suyo es otra cosa, es una eterna película de conspiraciones, manipulaciones y medidas verdades, un eterno juego de camaleones cuya única aspiración es la intriga y el poder, la laminación del enemigo al que nunca se considera adversario, comenzando por el socialismo democrático, que Iglesias, desde un comunismo anclado en el sectarismo, siempre considerará un enemigo principal. Tenía razón Pedro Sánchez cuando hace un año le dijo, durante aquella intentona de investidura: «usted y yo pertenecemos a tradiciones muy diferentes». Creo que fue sincero, seguramente lo seguirá pensando