FIRMA SINDICADA

Rafael Torres

Periodista y escritor


Tanto niño preso

30/03/2020

El confinamiento masivo es el único remedio que se conoce contra la propagación del virus, aunque, en realidad, no es un remedio, sino un repliegue instintivo. En tanto los infectados asintomáticos o no detectados, que son legión y que podemos ser cualquiera, pongan un pie en la calle, y lo ponemos casi todos por hache o por be (el trabajo, el perro, la basura, la compra, el cajero...), el bicho seguirá circulando, e hiriendo, y matando, hasta que lo atonte la luz y el calor del verano, pero quedarnos encerrados lo más posible salva vidas, como las salva esa consecuencia del enclaustramiento general que es el deterioro de la economía.

Repugna que se plantee el dilema de la bolsa o la vida. Se dice que las medidas del Gobierno para reforzar las restricciones a la producción y al tránsito nos van a costar tanto y cuanto, una pila, al parecer, de miles de millones, y diríase que con ello se señala un dispendio. Trump y Boris Johnson, que ni siquiera se planteaban el dilema y optaban directamente por la bolsa hasta que vieron que podían quedarse sin compatriotas e incluso sin ellos mismos, tienen aquí una buena porción de epígonos y seguidores, tipos más preocupados por el PIB, por los beneficios empresariales y por el mercado de valores que por la vida de los viejecillos, de los médicos o de los guardias civiles. Repugna inmensamente eso.

Contra el virus, y a falta del material, el personal y los equipos sanitarios que en la cantidad necesaria amortiguarían su vertiginosa expansión y sus letales efectos, solo queda asumir los versos de Rosalía de Castro: "Cando unha peste arrebata/ homes tras homes/ non hai máis/ que enterrar de presa a os mortos,/ baixala frente e esperar/ que pasen as correntes apestadas.../ ¡Que pasen..., que outras vendrán!". Demasiado deprisa se entierra a los muertos, sin un adiós, y demasiado se habla del coste millonario de la peste.

Hay que encerrarse (baixala frente e esperar), pero lastima mucho ver tanta gente presa, y, sobre todo, tanto niño preso, que habrá que idear algo, abrir alguna rendija, para que no penen tanto por muy portadores que sean, pues los niños necesitan, casi más que cualquier otra cosa, correr. Enredar, tomar el aire y correr. Correr más que el virus que les tiene presos.



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