NUEVO SURCO

Javier López


Lo transversal

En lo comienzos de este tiempo novedoso e incierto en el ruedo ibérico, con el fin del bipartidismo y la irrupción de los nuevos partidos, todo el mundo quería ser transversal, todos y todas. Lo transversal se convirtió, de repente, en lo correcto, aunque nadie sabía muy bien en qué consistía. Allá por 2015 Pablo Iglesias hablaba de un proyecto transversal para el país. Lo cierto es que transversal es «aquello que es atravesado de un lado a otro». En política, el concepto es aplicable a un partido o movimiento capaz de tener la aprobación y el apoyo de un amplio espectro de votantes, con orígenes, inquietudes y hasta memorias históricas diversas y encontradas.
Complicado el asunto porque una cosa es querer ser transversal y otra cosa muy diferente es conseguirlo. En España, y en el ámbito estrictamente político, el único líder que se acerca a ello es Emiliano García-Page y el PSOE de Castilla-La Mancha. Lo demás no dejan de ser brindis al sol de la corrección política, o un recurso de campaña electoral. A García-Page le votan los socialistas de toda la vida pero también personas esencialmente conservadoras de misa dominical y asistencia puntual a las procesiones de obligado cumplimiento en cada localidad. García Page ‘triangula’ con este material, es decir, sin separarse de las siglas de su partido, y lo que se espera de ellas, hace gestos y promueve medidas destinadas a conseguir la adhesión de aquellas personas que nunca votarían a Pedro Sánchez y menos aún a Pablo Iglesias. Lo consigue. Y lo hace visible: acude con ellas a los actos religiosos y las romerías primaverales, y además se declara cristiano y patriota a pulmón lleno, con los colores la bandera de España puestos en la muñeca. Más allá de los sentimientos, y desde la frialdad del análisis, lo suyo es un ejercicio práctico de transversalidad con resultados cuantificables. Por eso más de la mitad de los votantes de PP y Cs aprueba su gestión o al menos lo miran con una cierta simpatía, según las últimas encuestas del CIS.
Lo que hace Emiliano García-Page desde el PSOE, reivindicando valores, costumbres y querencias más asociadas al universo conservador, sería lo mismo que si un líder del PP reivindicara o mostrara inquietud por cuestiones más vinculadas al universo de la izquierda o progresista. Por ejemplo, una preocupación cierta por la epidemia creciente de la precariedad laboral. Pero esto no suele ocurrir. El centro-derecha, por el contrario, ha renunciado a su memoria histórica y a algunas cuestiones morales, pero los nuevos líderes de este segmento, -en algunos casos personas que si no estuviera en política estarían abocados al mileurismo como otros muchos de la misma generación-, tienen la piel bastante dura a la hora de valorar las penurias de los hombres y mujeres de una edad parecida. No son transversales porque no abren el abanico a nuevos nichos de votantes empatizando con sus necesidades más cotidianas.
 Lo transversal, que fue proclamado como una verdad absoluta al comienzo de esta etapa política, sigue brillando por su ausencia, al margen de algún caso aislado como el de  García-Page en Castilla-La Mancha. Porque que Pablo Iglesias diga, como declaró en sus inicios, que es transversal porque comparte algunas apreciaciones del  Papa Francisco no deja de ser un engañabobos marketiniano. Para ser transversal hay que vivir en dos mundos, y ser capaz de sacar lo mejor de cada uno. Ahora Iñigo Errejón, con su invento de Más País, pretende ser más auténticamente transversal que Iglesias, y desde luego tiene más madera para conseguirlo, menos ceño fruncido. Intenta construir una izquierda a la que le duela España, como él mismo dijo en el lanzamiento de su artilugio electoral, y eso en nuestro país es un propósito transversal, pero una cosa son los propósitos ideológicos de Iñigo, que siempre estarán entreverados con su ambición de protagonismo bajo el aspecto de eterno adolescente empollón, y otra, todo el entorno con el que tiene  que contar. Errejón quiere disputarle a la derecha los símbolos nacionales, como ha declarado, pero ha comenzado por renunciar a seguir con Más País la misma lógica de Más Madrid a la hora de las denominaciones. Nuevamente España aparece como lo innombrado. Muchas veces la transversalidad es una valiente pirueta en el vacío no apta para los ejercitantes de esta Nueva Política que parece haberse conformado con el camino cómodo de lo trillado sin salir de la zona de confort ya conocida, sin grandes riesgos. En esta actitud van implícitos los pobres resultados obtenidos.