LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Invisibles

19/04/2020

Sentado sobre sus piernas como si fuera un contorsionista, el pequeño Iqbal, con apenas cuatro años, trabaja sin levantar la mirada en uno de los talleres textiles de la localidad paquistaní de Punjab. Pese a las escasas semanas que lleva en el oficio, posee un don único. Su reducida estatura, su flexibilidad y su inusual habilidad con las manos le permiten confeccionar las alfombras de mayor complejidad con una rapidez y una calidad sin igual. Una virtud que despierta la atención de un empresario amigo del patrón que adquiere al muchacho en propiedad como parte de una deuda contraída por sus progenitores.
El hijo mayor de la familia Masih quería casarse. Sus padres, que proceden del campo y que apenas cuentan con recursos, necesitan pedir un préstamo de 600 rupias -9 euros- para organizar el convite y ayudarle a independizarse. El acuerdo, suscrito con el dueño de los telares, incluye a Iqbal que, con su trabajo, será la garantía para acabar devolviendo el dinero; una práctica habitual que convierte a los niños en esclavos.
Pasan los años y el chaval siente en sus huesos y articulaciones los efectos de un trabajo inhumano. Las más de 12 horas diarias que pasa encadenado al telar, sumadas a las agresiones físicas que sufre cada vez que se toma un respiro, le pasan factura, provocándole infinidad de malformaciones y enormes dolores.
Los intereses y la necesidad hacen que, lejos de menguar, la deuda de sus padres continúe creciendo y el pequeño va pasando de mano en mano, de taller en taller, como mera mercancía, para acabar con el mejor postor. Es entonces cuando Iqbal conoce a Ehsan Khan, un defensor de los derechos de los niños, muy crítico con la explotación infantil, creador del Frente de los trabajadores de ladrillos. En Pakistán, esas fábricas están repletas de chavales que elaboran toneladas de adoquines en condiciones deplorables. 
Los discursos y las reivindicaciones de Khan empujan a Iqbal a perder el miedo, siendo cada vez más participativo en las manifestaciones y protestas. Con sólo 10 años, pero con la estatura de uno de seis debido a los problemas creados por la postura que mantiene en las interminables jornadas laborales, decide escapar del taller para involucrarse en la lucha por los derechos de los niños. 
Tras denunciar a su último dueño, que trata de sobornarle con dinero, el patrón es detenido y la fábrica clausurada. Así, se convierte en ese líder cuyo mensaje destapa las condiciones laborales, los horarios y el régimen de esclavitud en el que viven los más pequeños, hasta entonces invisibles, y sacude las conciencias hasta el último rincón del planeta. 
Iqbal vuelve a casa en bicicleta. En su cabeza cobra fuerza la idea de ser abogado: su deseo es tener más argumentos para poder defender a los niños. De repente, una furgoneta negra dobla la esquina y se acerca a gran velocidad. Alguien dispara desde dentro y acaba con la vida del pequeño de 12 años, que yace tirado en el suelo. Sus verdades resultaban incómodas.
El pasado viernes se celebró el 25 aniversario de su muerte, que se conmemora con el Día Mundial contra la Explotación Infantil. Más de 150 millones de niños están sometidos a alguna forma de esclavitud, al ser obligados a trabajar, a ser explotados sexualmente, víctimas de trata o forzados a convertirse en niños soldado. Las cifras, siempre frías, gritan por sí solas.
Los tiempos y las formas cambian y el foco hoy se sitúa sobre dos de los componentes que llevan los móviles y tabletas, el cobalto y el coltán, que se extraen mayoritariamente de las minas ubicadas en la República Democrática del Congo, donde menores de 10 años se juegan la vida, accediendo por endebles galerías para conseguirlos. El material es comprado mayoritariamente por China que, a su vez, lo suministra a multinacionales del sector tecnológico. Las miradas también están puestas en la industria textil. Muchas de las prendas que se venden en cualquier lugar de la Unión Europea pasan antes, desde que se recoge el algodón hasta que se empaqueta la ropa, por siete países. En alguna parte del proceso participan menores cuyas condiciones laborales son más que cuestionables.
Las voces que reclaman a las empresas una legislación vinculante que garantice que en la elaboración de sus productos no haya habido explotación infantil se escuchan cada día con más fuerza. Su apuesta es que los niños tengan en sus manos un juguete, un lápiz y un libro que les ayude a ser libres. 



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