TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Las gachas de la abuela

Todo lo humano tiene fin, y hasta las pirámides polvo serán. Nosotros no tenemos permiso del cielo para detener el curso de la vida. Y tampoco queremos vernos vencidos, ni por la decisión del cielo ni por la del hado, o por esa guadaña que a veces nos atenaza, y esperando la visita inexorable o ignorando su venida, el que no espera se desespera. La misericordia nos vuelve cuerdos pero no nos gusta practicarla, ni siquiera de nosotros mismos tenemos compasión. Dijo don Quijote: «acontece en la comedia y trato deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura…».
Yo creo que es bueno mirar al pasado, aprender de la huella que otros han dejado, sin perder de vista el surco que hacemos mientras labramos el barbecho de nuestra vida que otros contemplarán si algo queda. Debemos hincar el arado con ese impulso poético que el hombre necesita para colonizar su vida y encauzar nuestro destino, antes de que el peso del yugo no lo podamos soportar y se convierta el campo en que hemos trabajado toda la vida en un erial. Me vienen a la memoria dos refranes que os quiero ofrecer: «Mi tiempo es el campo en que yo siembro», y «quien tiempo tuvo y tiempo perdió, con una albarda castíguele Dios». ¡Que sabio el refranero! Oír a alguien que sabe de qué va la vida, por ejemplo a Jesús Vidal, partícipe de la película de moda este tiempo atrás, Campeones, decir que hay que «ver la vida con los ojos del corazón» que concibe la vida como un don de Dios, es pensar en grande. Cuando el corazón deja de latir nada se puede hacer. 
¿Quién como Goethe en las penas del joven Werther evocando la muerte?: «Prohíbo que me registren los bolsillos. Llevo en uno aquel lazo de cinta rosa que tenías en el pecho el primer día que te vi, rodeada por tus niños… ¡Oh!, abrázalos mil veces y cuéntales la desgracia de su amigo. ¡Cómo los quiero! Aún los veo agitarse a mí alrededor. ¡Ay! ¡Cuánto te he amado, desde el momento primero de verte! Desde ese momento comprendí que llenarías mi vida… Haz que entierren el lazo conmigo... Me lo diste el día de mi cumpleaños y lo he guardado como una reliquia santa». Otros quieren una cruz, una bandera, disolverse en el viento…
Anoche soñaba que salía a dar un paseo. -Sobrevino de repente el frio y vi que el Júcar se había salido de madre, que todos los arroyos serranos se habían sumado tiñendo las aguas, que ya no eran verdes, y corrían inundando las riberas y algunos vallecillos. Llegaba la medianoche y vi un búho sobre la cima de una roca, recortándose su silueta con la claridad de la Luna. Me hallaba con los brazos estirados hacia la ladera en que estaba el huidizo pájaro, imaginando que lo apresaba.- Es pájaro que se muestra pacifico en la incertidumbre, calmo en el acecho, y que cuando se lanza no vacila en sepultar en su estómago los dolores y sufrimientos de su presa. Si, amigo, quisiera ser como el búho y atrapar mis presas hasta sepultarlas para revivir con su energía devorándolos. Más cuando a mí me devoré la fatalidad del tiempo ¿a quién podré dar fuerza? ¿A quién le aprovechará la muda carnal que llevo puesta? ¿Cuál será el fruto que en los surcos labrados crecerá, y a que palomas alimentará que su semilla esparcirá?
Llegado este tiempo siempre recuerdo las gachas de miel de la abuela, esa honda sartén que en las trébedes que la lumbre acariciaba se cuajó, con ricos tostones que la miel no confundió. De mi abuela recuerdo el largo luto de un año que me dejo sin tele cuando murió su hermano en Alemania. Yo no he guardado luto por nadie nunca, es más, me he beneficiado de la muerte de todos los que he querido, cuando cogiendo los frutos sanos de lo que ellos habían sembrado pude recobrar nuevo brío. Abono fueron en mi plantío la podredumbre de los frutos inservibles, que gracias a que hay muerte hay vida. De los santos los mejores frutos, recojámoslos antes de que nosotros ya no tengamos nada que ofrecer. A veces un lazo no es suficiente si otro no se lo pone, si no es capaz de dar nueva vida.



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