A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Tiempo de fiestas que pudieron haber sido

19/05/2020

Sabemos lo que está pasando, lo que nos está pasando, desde que el 13 de marzo nos vimos inmersos, de sopetón, casi sin previo aviso, en una situación tan insólita e inesperada que apenas si dos o tres días antes se podía prever semejante cosa y si alguien lo duda, puede ir a las hemerotecas o a los archivos digitales y sonoros para comprobar dónde estaban los profetas capaces de predecir lo que se nos venía encima. Conocemos esta situación, por supuesto, pues la sufrimos todos, con un concepto más o menos solidario de que estamos inmersos, colectivamente, por más que siempre haya insensatos que anteponen su propia personal individualidad a lo que conviene al conjunto, pero eso son situaciones normales, que se dan siempre y no deben sorprendernos más de lo justo. Pero seguimos sin saber cómo sucedió, por qué, de qué manera nos llegó, quien fue el primero, de dónde lo trajo y en qué forma, con semejante rapidez, el mal se extendió por todos los confines del planeta, con más intensidad en unos sitios que en otros (Cuenca, misteriosamente, en cabeza de semejante clasificación). Y, sobre todo, no podemos adivinar, por más que lo intentamos, cada cual en su propio ámbito, cómo va a ser el futuro, el inmediato y el a largo plazo, porque cuesta creer que las normas que ahora están en vigor, por razón de urgente necesidad, vayan a quedar instaladas en nuestras vidas para siempre o, al menos, durante tanto tiempo que podremos llegar a olvidar que hubo un tiempo en que las cosas fueron de otra manera.
Han desaparecido del panorama los espectáculos colectivos, eso tan enriquecedores que permitían la aglomeración de multitudes dispuestas a compartir emocionantes experiencias. De pronto, las celebraciones populares han sido suprimidas, por más que algunas intentaron sobrevivir pese a la evidencia de que no podrían hacerlo. Aún las fiestas populares del primer tramo del año pudieron tomar forma con normalidad, como los Moros y Cristianos de Valverde de Júcar y Valera de Abajo, o los Sansebastianes o Candelarias que tienen raigambre en muchos lugares y aún los Diablos de Almonacid del Marquesado pero, en cambio, los de El Hito, que son primaverales, ya no han podido salir a la calle. Este mes de mayo, a su mitad, debería estar marcado por las fiestas campesinas organizadas en torno a la figura de San Isidro, la bondadosa figura que con la de su mujer, Santa María de la Cabeza, recorre los sembrados para impartir bendiciones que sean fructíferas de cara a la próxima cosecha. Y también son estas las fechas para otras fiestas de tronío, la que celebran en Huete en torno a San Juan y a Santa Quiteria. Todo ello, y otras muchas más, desde luego, se han evaporado dejando una sensación de frustración y desconsuelo, que afecta no solo a los propios habitantes de cada lugar, sino también a quienes tenemos afición por ellas y nos gusta verlas y aprender. Pero afecta, creo yo, sobre todo y de manera muy especial, a quienes esperan todo el año la llegada de esas fechas festivas para volver por unos días a sus pueblos de origen, los que debieron abandonar en busca de eso que llaman la subsistencia, el trabajo, la comodidad progresiva que no se puede encontrar en los lugares en que nacieron. Volver al pueblo en fiestas, reabrir la casa cerrada durante el resto del año, reencontrar a los familiares que quedaron y a los amigos que también regresan, es una rutina que mucha gente repite tradicionalmente todos los años y que este ha quedado frustrada. Y, lo que es peor, lo que seguramente causa más desasosiego, es no poder saber hasta cuándo se va a mantener esta situación. Produce escalofríos pensar que esto pueda ser para siempre.