TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Maradona

09/04/2020

Todos los genios del fútbol que hemos conocido han terminado ejerciendo un papel de insolentes e insoportables pedorros vejetes sabelotodos y caben muchos más adjetivos, todos válidos, pero después habría que justificarlos todos y no tengo suficiente espacio.

Di Stefano, durante un tiempo, cabalgó por encima del bien y del mal y casi cualquier bravata, monosílabo o espumarajo que salía por su boca era dogma de fe para los distefanistas; Pelé sonrió y chocheó a partes iguales, incapaz de ceder a los demás un poquito de un centro otorgado por los peleístas; Cruyff ejerció de visionario y lució la chapa de «Inventor del neofútbol» sin que nadie se atreviese a replicar alguna locura por temor a las represiones exacerbadas de los cruyffistas

Y luego está Maradona, cuya recua de devotos, los maradonistas o maradonianos, tienen hasta iglesia: locos, locos de atar, locos de remate, capaces de justificarle todo. Maradona, el sobrado, la caricatura, el adicto, el toxicómano, el que entrena sobre trono, el que viaja junto a una bolsa blanca, el que balbucea, el histrión, el muñeco hinchado que pasean sus devotos como una imagen de Semana Santa, el que pestañea tan despacio que parece dormirse. Maradona siempre fue el genio oscuro y tramposo, un antihéroe descomunal con un talento para manejar la pelota como nadie en la historia. Un tahúr con botas. Un embaucador con rizos. Y esos divos crean adicción casi inmediata y adeptos radicales que jamás reconocerán al otro: ni a Di Stefano (paisano traidor), ni a Pelé (¿A un brasileiro? ¡Ni loco!), ni a Cruyff (pretencioso europeo)… ni a Messi, el que no llegará a esos altares que construyen los devotos sectarios porque nunca será un bocazas: le falta personaje, algo que, lamentablemente, le sobra al Diego.