LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


¿Seguimos dudando que la gente es buena?

30/03/2020

Sin paños calientes: en este momento extremo de la pandemia se comprueba que las personas que habitamos el mundo y sus clases dirigentes económicas (las que mandan, no sus peones de la política), son mejores de lo que pensamos. En efecto, hemos elegido salvar las vidas y no la economía. Ha primado la dignidad y la protección de los seres humanos frente al bienestar material de la pequeña parte del universo que de verdad lo disfrutamos. Esto es irrefutable porque había otro terrible plan B sobre la mesa: asumir el coste en vidas, dados los grupos de riesgo principales de la enfermedad (ancianos, enfermos, en definitiva, la parte de la sociedad que cuesta dinero mantener, más un porcentaje de víctimas colaterales entre los más jóvenes) y también la desaparición de las amplias capas de la población del planeta que no tienen acceso a la protección sanitaria a las que el primer mundo hace como que no ve.
A corto y medio plazo hubieran callado las voces críticas a través de sus grandes medios de información (a la manera que ahora hacen con presiones a los pequeños, los caciquillos locales), vendiendo que se trata de una enfermedad ‘incurable de momento’.
Esta opción hubiera sido la confirmación del punto de partida a una distopía permanente, y no a la temporal que sufrimos, dando carta de naturaleza con este precedente a la eliminación del sobrante por causa de la edad o la discapacidad. ¿Terrible no?, pues alguien en Moscú, Londres o Washington lo ha barajado, y seguro que alguno de los que se queden en paro en España lo dirá en los próximos meses.
Salvar la economía a costa de las vidas, sin embargo, nunca pudiera haber sido una alternativa real porque se hubiera topado con el muro de una actividad profesional vieja y consolidada: la medicina. Sin medidas de aislamiento, cientos de miles de personas hubieran acudido igual a la Sanidad para intentar una curación y los profesionales que cuidan de nosotros jamás hubieran consentido ser cómplices en esta masacre.
Las profesiones sanitarias reflejan hoy junto con tantas otras como los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, los transportistas o los agricultores, el recuerdo de que los principios últimos de cada trabajo son sagrados pues no solo nacen de buscar un sustento económico sino de cumplir una función social. Y en todos estos grupos que ahora nos mantendrán con vida, habrá que sumar a aquellos que a día de hoy están obligados a quedarse en casa entre la indignación y el desamparo y que habrán de ser el motor de la economía: los machacados autónomos y los empleados.
Ellos no estarán perdiendo tantas vidas como otros, pero habrán de ser en los meses sucesivos, por su bien, pero sobre todo por el nuestro, los motores de la vuelta a la normalidad. Respeto pues a la vida, enhorabuena por ello, pero cuando esto termine, respeto a la sociedad civil que hace que esa vida sea de calidad.



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