EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


Carta abierta al Coronavirus

25/03/2020

Señor Coronavirus:
Espero que al recibo de esta se encuentre usted en irreversible declive infeccioso, y que una vacuna esté a punto de enviarlo al infierno de los virus vampíricos, aquél del que no debió salir jamás. Observe Usted, no obstante, mi trato cortés, respetuoso y cercano, llamándole por su nombre de pila. Coronavirus y no COVID-19 o SARS-CoV-2, pese a ser usted un ser despreciable, asesino, canalla, ruin, miserable, mezquino, granuja, sinvergüenza, implacable, amoral y libertino. Quede claro, entonces, que vengo en buena lid y en son de paz, que llevo bandera blanca para negociar en esta tregua previamente concertada, aunque me vea escribirle con la mascarilla puesta a modo de cota de malla, pues en esta guerra que Usted ha empezado, la desconfianza se nos ha forjado como resultado de los reiterados engaños, tretas y mutaciones propias de su natural condición de virus miserable y cruel.
Por un lado, aunque la psicopatía desbordante de su naturaleza viral le impide el mínimo atisbo de sentimiento de culpa o de empatía, el objeto de la presente es para pedirle encarecidamente que deje de matarnos, de arruinarnos y de tocarnos las pelotas. ¡Ya está bien! Solamente en España, de manera metódica y sin compasión, ha conseguido Usted miles de infecciones y de muertos.
Y también quiero agradecerle, sí, agradecerle, que gracias a su implacable acción devastadora estamos descubriendo nuestra propia determinación firme y permanente de empeñarnos en el bien común y solidario, claramente constatado en el apoyo, la ayuda y la comprensión, como efectivo antídoto vacunal ante la habitual insensibilidad, el egoísmo y la indiferencia ante el sufrimiento y el dolor ajenos. De hecho, ahí tiene, Coronavirus, atacándole con admirable empeño y tesón, a todos nuestros profesionales sanitarios haciendo muchísimo más de lo que deben o de lo que pueden, atendiendo durante estos días a las víctimas de su maldita pandemia pese a la falta de recursos, pese a los hacinamientos y al desbordamiento de la situación provocada por tan cobarde ataque. Ahí está nuestro ejército de batas blancas, nuestra avanzadilla de caballería pesada de médicos, enfermeros, farmacéuticos, psicólogos, y demás profesionales de la salud, siendo homenajeados todos los días con aplausos desde los balcones, como recompensa emocional por todo lo que están haciendo por las pobres víctimas y por la sociedad española frente a un miserable como Usted.  Y ahí nuestro Ejército, el de verdad, actuando en controles de carretera, hospitales de campaña y desinfecciones.
Le maldigo, coronavirus, por la muerte solitaria de tantos ancianos en estos días. Y gracias, porque también nos ha permitido entender que la capacidad de reaccionar con rapidez y eficiencia ante los desastres naturales, como en su despreciable caso, es una de las características que define a un buen gobierno. Donde exista, claro.



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Me pregunto qué debe sentir aquél que sabe a ciencia cierta que alguien le está engañando y, peor aun, que tiene claro que esa actitud traidora no variará jamás