ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


Ajetreos

30/03/2020

Lo peor del confinamiento físico es el desgate síquico. Preso y libre, libre tras unos barrotes metafóricos.  Fuera te aguarda un ser invisible,  al acecho de  tu cuerpo. Te invade con estrategias distintas, te coloniza, se expande y, si no estás muy fuerte, te elimina. Es como en las películas de terror y miedo. Sumas a los miedos, las angustias y los temores de la pantalla, la desolación  de tu realidad diaria y tus incertidumbres. En la proporción en la que las distopías se realizan, olvidamos los horizontes utópicos. Mientras, a nuestro alrededor, se produce un incesante ajetreo.
No es solo la derecha mediática y social la que empuja y presiona aprovechando la incomunicación individual. En Comunidades o Nacionalidades, hemos recuperado escenarios que parecían superados: el victimismo y el agravio. Los responsables de lo malo son el Gobierno y Madrid. Y de lo bueno, los dirigentes de las administraciones territoriales. Solo que se les olvida que quiénes han gestionado  las residencias de la tercera edad, los hospitales públicos, transformados en algunos lugares en negocios privados, la educación y sus fracasos, el desempleo endémico, las burbujas del ladrillo, etc. etc. en los últimos veinte años han sido los responsables de la Comunidades.
En Cataluña hasta los virus sirven para el negocio de la independencia. En Cantabria el presidente ha alumbrado una idea «rompedora». Pagar a todos los trabajadores sin empleo 2.500 euros durante tres meses. Cien mil millones de euros, cifra el gasto para España, aunque como la idea es tan»rompedora», la hace extensible a Europa. ¡Con las genialidades populistas no se debe ser egoísta!  En Madrid, Andalucía, Murcia o Galicia acusan al Gobierno de bloquear o confiscar material sanitario, mientras anuncian que ellos gestionan por su cuenta acopios, acopios que nunca llegan. Todos piden y piden, porque de esa manera ellos no parecen responsables. Y así cada presidente autonómico se prodiga en las pantallas tanto o más que el presidente del Gobierno. Se impone marcar territorio. No vayamos a pensar que este es un país uninacional.
Pero no solo el ajetreo es político. También prolifera en  redes. Un día recibimos el mensaje de un amigo, que a su vez lo ha recibido de otro, y así hasta el infinito, para que salgamos al balcón a aplaudir. Otro día nos convocan a una cacerolada contra alguien. Al día siguiente homenajeamos a los fallecidos. O nos invitan a que pongamos una sábana defendiendo la sanidad pública. O que aplaudamos al Sr Amancio Ortega. Nadie sabe donde se originan estas convocatorias y quien gana con ello. Eso sí, las ciudades, vacías de nosotros, se llenan de héroes. No sé. Será que forma parte del espectáculo de la ilusión colectiva.
Aunque lo de los balcones no es original. Goebbels, en 1933, propuso a los alemanes celebrar el cumpleaños de Fhürer, colocando banderas en los balcones. En el año 1976 un director de cine, Sídney Lumet, estrenaba la película, «Network». Anunciaba cómo nos íbamos a comportar en tiempos de comunicación de masas. La televisión se convertía en nuestra fuente de información. Y contaba cómo, para incrementar las audiencias, todo debía convertirse en espectáculo. Un día el presentador de un informativo que iba a ser despedido anunció su suicidio  en directo. Lo que pareció un desastre al principio, se transformó en un programa de masas. Lo convirtieron en un  profeta televisivo. Y desde el púlpito mediático pedía a los espectadores que se asomaran a ventanas y balcones a gritar «Estoy más que harto, y no quiero seguir soportándolo». La gente salía a las ventanas y  multiplicaba las audiencias. Los accionistas  se forraban con el éxito.



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