OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Ausencias

La memoria me va fallando. Cosas de la edad, dice la neuróloga. Menos mal que me afecta, de manera casi exclusiva, a los nombres de algunas personas, aunque otros los tengo tan grabados a fuego que seguro que no desaparecerán jamás de mi cabeza. Eso espero, al menos. Intentando resolver una cuestión que me ocupa, pero afortunadamente no preocupa, me surge la necesidad de contactar con alguien de quien no recuerdo cómo lo archivé en la agenda de contactos de mi móvil. Para no perder más tiempo, decido buscar en ella, a ciegas, poco menos que escaneando con la mirada los muchos nombres que conservo. De repente se me congela el sentimiento. En la pantalla aparece el de alguien a quien ya no podré llamar jamás ni con quien ya nunca podré cruzar mensajes. Mierda de muerte. A continuación, con los ojos cerrados, empiezan a pasar por mi cabeza las caras, sonrisas, miradas de un buen puñado de familiares o amigos de los que ya no escucharé jamás sus voces y de los que nunca más tendré noticias. Mierda de vida. Me resisto a borrar del móvil los datos de los contactos de «mis muertos». Su presencia en mi agenda me ayuda a confirmar que no han salido plenamente de mi vida, que aun los tengo ahí, al menos al alcance de mis dedos. De algunos, me resisto todavía a releer los últimos mensajes cruzados, las últimas fotos compartidas. De otros, no me hace falta; los tengo tan presentes que reviven en mí con cierta periodicidad. A veces, convencido de que ellos también me tienen en sus vidas, les hago partícipes de mis últimas alegrías y les confío mis pesares. Qué mejor confidente que aquel que te escucha y que con su simple silencio sabes que te apoya. Iluso; pero como soñador convencido que soy me siento envidiado. Siguen conmigo, lo noto. Este progreso agresivo al menos me permite seguir disfrutando de sus ausencias.