NUEVO SURCO

Javier López


Lo de Ciudadanos

24/03/2021

Lo de Ciudadanos corre en paralelo a la perdida de fuelle, casi hasta el agotamiento total,  de lo que se vino en llamar la nueva política, y en ese contexto hay que analizarlo. Lo que nos quedará de esa nueva política no será lo mollar, que sigue inédito, sino la espuma: todo lo que tiene que ver con la sobredosis de marketing y lo que se está viniendo en llamar últimamente el triunfo de ‘los relatos’ muy por encima de las argumentaciones sobre gestiones de gobierno realizadas, criticadas o propuestas.
Pero lo de Ciudadanos, como partido tocado en su línea de flotación y en breve veremos si hundido definitivamente, vino a torcerse cuando se convirtió en la aventura política personal de Albert Rivera, como Podemos ha sido también el juguete político de Pablo Iglesias. Rivera, que en los primeros compases de Ciutadans en Cataluña fue el necesario rostro joven y con un cierto atractivo personal capaz de atraer seguidores hacia un proyecto rompedor y  bien fundamentado intelectualmente en una socialdemocracia inequívocamente comprometida con el proyecto constitucional español, se fue convirtiendo en el dueño absoluto de ese proyecto una vez que desembarcó en Madrid, animado, por cierto, por terminales económicas de relumbrón deseosas de buscar un recambio al PP de Rajoy. Transitó Rivera, con una ambición evidente, de ser aventajado portavoz a líder indiscutible, y transitó también ideológicamente desde la socialdemocracia inicial hasta querer ocupar y absorber el mismo espacio del centro-derecha del PP con un liberalismo genérico que era el anzuelo ideal para atraer a ‘triunfitos’ de la nueva política que no encontraban acomodo en la casa de la gaviota. (Por cierto, los primeros que ahora se disponen a abandonar el barco).
El momento culminante de este viraje fue 2019, cuando Cs tuvo en su mano pactar con el PSOE, al menos proponerlo, y propiciar una mayoría absoluta para estabilizar el país en un momento crítico en el que lo más inconveniente era ayudarse de los extremos y de los independentistas para conformar una aritmética parlamentaria ganadora aunque extraña, como así finalmente sucedió a lo largo de ese año. En ese momento, lo necesario era una argamasa que basculará hacia el PP o hacia el PSOE dependiendo de las necesidades de cada territorio, pero Rivera decidió que ese no era el camino. Quiso quedarse con la silla que Pablo Casado había heredado de Mariano Rajoy, dándole otro nombre y sustituyendo el azul por el naranja. La operación salió mal y Rivera se retiró a buscar cobijo en el foro madrileño.
El testigo lo recogió Inés Arrimadas, cuya imagen de aguerrida constitucionalista catalana frente a la marea independentista y totalitaria, era mucho más convincente que la de lideresa nacional de un partido desnortado. Pero Inés Arrimadas abandonó su primer perfil y decidió que lo suyo también estaba en Madrid, con lo que se diluía aún más la inconfundible impronta catalana de los inicios a la vez que se quedaban abandonados a su suerte millones de seguidores en Cataluña que algún día vieron en el partido naranja la posibilidad de empoderarse y salir de su complejo en un escenario dominado durante décadas por la matraca de las formaciones separatistas.
Con lo cual, Ciudadanos se convirtió demasiado pronto en pasarela de modelos para ‘nuevos valores’, en una suerte de despliegue de brillantina política que llegó a confundir en algún momento el centrismo con la nada, en la pista de despegue para un Albert Rivera al que los más forofos llegaron a presentar como el Suárez de la Segunda Transición. El centrismo (y bien lo sabía el gran Adolfo Suárez) no es programa de máximos, no es una aventura emocionante, pero es algo necesario en momentos de tránsito y de reformas. Requiere un espíritu de sacrificio que nunca tuvo el Cs de Rivera, requiere ser consciente  que si no llegas al núcleo del poder al menos condicionarás lo suficiente las opciones de gobierno para mantener el edificio en las mejores condiciones posible obligando al partido de gobierno a las reformas urgentes. Al final el centrismo es una necesidad en momentos de crisis mucho más que una ideología. Rivera no quiso asumir ese papel  pero tampoco se dotó de una ideología clara y precisa y renunció a la inicial. Eso es lo que heredó Arrimadas, y el desastre se está viviendo durante estas semanas.