EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Banderas

31/05/2020

Batir las cacerolas es una manera socorrida de protestar, que empezó a hacerse desde las ventanas y que bajó a la calle cuando se fue liberando a los ciudadanos de su confinamiento. Es una manifestación de disconformidad con el Gobierno, no ya por su gestión de la epidemia cuyos números cantan imprevisión y negligencia, sino por su temible mix político de gobierno que, si favoreció el desastre, ahora es el peor aval para una recuperación. Y advierto dos grandes escollos: la falta de un recambio de garantías en la oposición y la existencia de una masa banalizada que se abreva en la televisión y se cree hasta el demencial «salimos más fuertes».
Pero las manifestaciones de protesta llevan ahora la bandera española al frente, que está provocando en la sociedad discusiones engrasadas por un rencor mutuo que impide ofrecer y entender razones y siembra de insultos los foros de internet, a veces con mala puntería pues ésta no es una rebelión de los ricos, que ya no viven en Núñez de Balboa sino en Galapagar.
 Que la derecha se ha apropiado de la bandera de todos es un axioma tan extendido como desmontable en sus dos términos.
En el primero, se considera gentes de derecha a los que denuncian la negligencia e incompetencia del Gobierno y hasta se les llama fascistas. Pero no hace falta ser de Vox para estar hasta los mismísimos de Sánchez, pues cualquiera que lea el BOE va a tener los pelos de punta. A lo segundo, después de años de abandono y desprecio de la izquierda a los símbolos nacionales, causante según la socióloga Helena Béjar de «el declive de la conciencia nacional española», nadie les ha arrebatado la bandera, sino la ha recogido para darle el respeto y protagonismo que merece, lo que ha puesto a la izquierda en incómoda evidencia. Es cierto que el respeto a la bandera, como a la tradición en general, es más propia del elemento conservador, lo que unido a la superstición que la identifica con el franquismo ha hecho que mientras los americanos cantan la suya como The banner of the free, aquí un pequeño humorista de la tele se limpiaba los mocos con la española para solaz de la audiencia.
Cuenta Flaubert en La educación sentimental, que el poeta Lamartine arengó así a las turbas que querían que la bandera de la revolución reemplazara a la nacional: «La bandera roja no ha dado más que la vuelta al Campo de Marte, bañada en la sangre del pueblo y la tricolor ha dado la vuelta al mundo con el nombre, la gloria y la libertad de la patria en sus pliegues».
Un discurso desmitifica las enseñas como ‘trapos’ provocativos, pero la estelada o la ikurriña o la republicana, quedan fuera de este desprecio. En cualquier caso, los abanderados callejeros harán mal en convertir un símbolo de orgullo en un arma de confrontación. Se debe protestar contra ideas, abusos y estructuras, pero nunca es justificable un «¡a por ellos!».
Si no queremos que los unos se apropien de la bandera de todos, son los otros quienes deben honrarla para hacerla también suya. La bandera no es símbolo de partido, como tampoco se debe identificar al Gobierno con el Estado. En mi rechazo a este calamitoso gobierno sigo el axioma: «Don’t believe in your government, believe in your country».



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