A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Paisaje después de la batalla

23/06/2020

Dentro de tres días entraremos en eso que los nuevos filólogos (los que han inventado palabras novedosas, algunas verdaderamente sorprendentes, incorporadas por las buenas al lenguaje cotidiano) han bautizado como “nueva normalidad”, lo que significa adelantar acontecimientos, intentar predecir cómo va a ser nuestra vida futura y de qué manera podremos o deberemos integrarnos en ella. Hay en todo este fenómeno muchas cosas curiosas, dignas de meditación. Entre las que más me sorprenden se encuentra la dócil aceptación colectiva de que ya nada volverá a ser igual que era antes del 13 de marzo. Los esfuerzos de la sociedad, con los dirigentes políticos a la cabeza, no se encaminan en el sentido de hacer todo lo posible para que regrese la normalidad, sino a sustituirla rápidamente por otra diferente en la que se implantarán costumbres que ni siquiera habíamos imaginado o que sabíamos se practicaban en otras culturas lejanas.
Por ejemplo, la costumbre vigente en las sociedades orientales de llevar mascarilla cubriendo el rostro, saludarse con una inclinación de cabeza (nada de besos ni abrazos) o dejar el calzado en la puerta del hogar, entrando en él con otro más adecuado, medida esta última en verdad muy razonable, porque tal y como están las calles, sólo se pueden encontrar microbios, virus, bacterias y toda clase de porquería en el suelo, que más vale dejar fuera y procurar no meterla en casa.
Hay otros planes en la perspectiva futura que también parecen muy razonables, como el control de personas que pueden estar a la vez dentro de un museo. En los que existen en Cuenca no suele haber aglomeraciones, salvo los instantes en que hay una alegre excursión juvenil dispuesta a recibir un baño cultural y artístico, pero recuerdo con horror algunas experiencias terribles, con docenas de personas arracimadas sobre la Gioconda en el Louvre o, la más espantosa de todas, la multitud volcada sobre la Capilla Sixtina mientras los bedeles nos azuzan a todos para que avancemos rápidamente y salgamos de allí dejando sitio a los miles que vienen detrás. En adelante, se podrá disfrutar de esas experiencias con cierto sosiego. Envidio a quienes puedan hacerlo.
De todas las novedades que nos trae el mundo futuro que se nos viene encima hay una que me resulta especialmente molesta y que, por lo que veo, nadie parece haber afrontado todavía en busca de una solución razonable. Entrar en cualquier establecimiento pasa por la limitación de aforo, de manera que sólo en los que son un poco amplios pueden estar a la vez varias personas, pero en otros muchos, seguramente la mayoría, sólo se admiten una o dos a la vez, lo que obliga a los demás a hacer cola en la puerta, o sea, en medio de la calle. Ese es, desde luego, un espectáculo sorprendente; las colas estaban previstas para cuestiones muy determinadas, esperar el autobús, o entrar al cine o teatro, por ejemplo, pero tener que hacerla para comprar el pan, buscar una medicina en la farmacia, recoger el periódico, acceder al cajero del banco, comprar lotería o algunas otras minucias parecidas no formaba parte de nuestras costumbres anteriores. Y hay que hacer las dichosas colas en la calle. Cuando dentro de pocos días el sol caiga a plomo sobre nuestros cuerpos o cuando en invierno caigan chuzos de punta, sean de tormenta lluviosa o de nieve, junto con el frío, ¿quién va a protegernos de tales inclemencias?
Los filósofos aseguran que los seres humanos nos acostumbramos pronto a todo, incluso a lo peor. Me cuesta pensar que esa sea una verdad aplicable a esta situación. Por lo que a mí respecta, preferiría que, cuanto antes, se de por cancelada la nueva normalidad para volver a la antigua que, con sus problemas y deficiencias, parecía más razonable.