LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Sicario

La distancia intelectual no hace más que aumentar entre los preocupados por el cambio climático y el resto de la sociedad. La juventud cree que el planeta está en peligro de no retorno, que nuestra presencia en el planeta es un mal intolerable, duda sobre la dignidad humana frente a otras especies y es hostil al capitalismo como modelo económico.

Vayamos por partes. No hay que confundir cambio climático con contaminación. El segundo concepto es visible porque tiene unos efectos directos en la población y su entorno. La realidad es que en todos los países democráticos, incluidos los pobres, la reducción del nivel de polución es un hecho. La calidad del aire, del agua o de la tierra ha sido posible gracias a las nuevas tecnologías y al crecimiento económico que ha permitido equilibrar los recursos y minimizar su impacto. Los países que han fracasado en este apartado son dictaduras o han aplicado políticas económicas equivocadas que han empobrecido a la sociedad. En resumen, que los pobres contaminan.

Hay gente que se resiste al argumento e incluye la idea de sostenibilidad. Vendría a decir que si los países pobres replicasen el nivel de consumo de los ricos, el planeta no podría soportar dicha carga. Esta noción se hace extensiva a la energía, el agua o la comida al considerarse bienes finitos; por tanto, proponen reducir su uso para hacer el planeta viable. Aquí se introduce el primer gran error económico. Un mercado libre ajusta vía precios los costes directos y las externalidades que acompañan a un bien producido. Cuando un alemán consume menos agua potable no aumenta la disponible en Etiopía, ni un japonés va a consumir jamás la misma gasolina que un americano porque vive en una isla. Las circunstancias y el entorno hacen que las variables no sean fijas. Los consumidores en libertad asignan mejor los recursos con los precios que cualquier funcionario.

Más complicado es tratar el panteísmo. La naturaleza salvaje es preciosa y los seres vivos que la componen extraordinarios. Pero equipararlos al ser humano, con su dignidad e inteligencia no es conveniente. Cada vida humana es singular y especial por su propia consciencia y sentido propio de su existencia. Ningún animal de compañía o ser vivo que permita alimentarnos y prolongar nuestra vida posee la misma dignidad. Este sentimiento es tan fuerte que la oposición a la caza y a la ganadería es creciente. ¿Es compatible dicha compulsión con nuestra presencia en el planeta?


 


 



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